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» [5 elementos] Cimitarra de Hueso
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Shireke01 Mensaje Dom Mar 16, 2014 9:59 pm
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Ninja novato
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Desde: 16 Mar 2014
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Título del mensaje: [5 elementos] Cimitarra de Hueso
"Contraportada":

Pocos años después del día 0, luego de que Alphonse Hangul se tomara el poder, Leona, el país al este, marchó sobre una rebelde Falconia, al norte, trayendo caos, guerra, destrucción, muerte y enfermedad. En pocos meses, el poderoso ejército de Leona tomó el mando sobre Falconia, luego de haber roto muchas vidas, amistades y familias. Un joven, fuerte, justo y revolucionario, de nombre Kalverius Dahst, al ver que no existe nadie que pueda ejercer justicia, se la tomará con sus propias manos, junto con sus amigos y compañeros de batalla. Todos juntos son los caminantes del desierto. Esta es la historia de Zuru y Kichi, dos jóvenes elementales falconianos, que tan solo eran niños en los días de la guerra. Se unirán a la causa de Kal, y sus destinos se entrelazarán más de lo que estaba previsto.

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¡Hola! llevo varios meses trabajando en este fanfic, espero que les guste. Los capítulos son más bien largos. Los iré publicando si recibo comentarios. Si quieren leer todo lo que llevo directamente, está publicado en mi galería de Deviantart:http://shireke.deviantart.com/gallery/48591974

Los personajes son todos OC, diseñados por mi novia la mayoría. Estamos haciendo la historia en conjunto, aunque la escribo yo. Empezó con una conversación random sobre cómo sería de genial un elemental de hueso.

Disfruten.
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Capítulo 1: Caminantes del Desierto



Su figura delgada se recortaba contra el cielo y ondeaba su capa al viento, viento cargado de arena que convertía todos los objetos en difusas sombras castañas. Cuando la humareda se dispersó un poco se pudo vislumbrar mejor su apariencia, pero de todas formas seguía pareciendo una silueta marrón, proyectada contra un atardecer eterno. Las botas de cuero, los pantalones oscuros, la capa raída y mordisqueada por los ratones, la vaina demacrada de su cimitarra. Todo teñido de tierra exceptuando su cabeza, coronada por un yelmo, un cráneo de hueso, que le cubría desde la parte superior de la nuca a la mandíbula inferior. El casco tenía una cornamenta pequeña, que le daba la apariencia de un canino, o a veces de un demonio. De debajo de la máscara se asomaban dos ojos, ojos blancos, ojos muertos y viejos, vacíos de piedad, emociones o miedo, que habían visto demasiado en esa corta vida y necesitaban pensar y recordar. Kalverius Dahst miraba a la montaña más cercana, rodeado por la arena del desierto, y admiró los techos oxidados, la arquitectura desestructurada que colgaba peligrosamente de los riscos, y la cortina de vapor y humo que se levantaba de la ciudad como la caldera de un volcán durmiente.

-Falconia Alta…- Pensó en voz alta. –Ahí está. Ahí le encontraremos.- En su cabeza había una lista, era una lista larga llena de gente fuerte, gente malvada, con las manos manchadas de sangre inocente. Kal solo era la justicia, la espada que nacía de la polvareda, el cuervo que vengaba a los caídos, un zorro del desierto, un chacal. La lista nunca se borraba, nunca se volvía menos nítida, la lista nunca se olvidaba, solo se tachaba. Se tachaba a los que iban muriendo.
Falconia Alta. Ahí se encontraba el teniente Incus Emett. Asesino, genocida, violador y torturador. Y la gente como Kal era la única justicia que iba quedando para la gente como él.

Pena de muerte, era en lo único en lo que creía Dahst.

-Vamos a llegar- Avisó con tono carente de emoción, aunque por dentro estaba algo nervioso. Volteó. -¿Qué se supone que haces?- Le preguntó a Julia.

La chica estaba tomada de las manos de un soldado enemigo que estaba medio inconsciente de tantos golpes que había recibido. Julia era pequeña y siempre tenía una sonrisa en la cara. No una sonrisa cálida ni amigable, era una sonrisa enloquecida. Con el hombre, que apenas se sostenía en pie, estaba bailando una especie de tango.

-Me encontré un novio- Avisó con voz aguda. Sus trenzas larguísimas se agitaban con cada paso que daba.

-Julia, suéltalo- La retó Kal.

-Me rompes el corazón, él solo quiere estar conmigo- Le abrazó dramáticamente. El moribundo no entendía nada de lo que pasaba y se limitaba a murmurar cosas ininteligibles. Tenía una herida sangrante en la frente, y un manchón escarlata le caía por encima del ojo hasta la barbilla.

-Estamos de incógnitos y cada hombre vivo es un testigo.- Frunció el ceño, pero por la máscara no podía verle.

-Déjala, Kal- Se escuchó la voz quejosa de Kerc, con su máscara de madera de expresión triste –Es el mejor hombre que va a conseguir en su vida.

Julia frunció el ceño teatralmente y luego le sonrió al militar noqueado. Era un hombre joven, guapo, un guardia pringao de la división roja del ejército de Leona.

-Lo siento lindura, lo nuestro no podrá ser- Le dio un corto beso en los labios, el último beso antes de dormir. Permanentemente. La chica puso su dedo medio haciendo presión contra su pulgar, y luego le pegó al hombre un capirotazo en la frente, al susurro de “Level 1”. La cabeza del chico explotó en un estruendo exagerado, volando hacia todos lados la sangre, el casco de metal y pedazos de cráneo. Julia se unió al grupo principal dando saltitos y carcajadas, manchada de rojo. Se puso su máscara, que representaba una especie de tiburón sonriendo, con los espacios para los ojos en forma de semicírculos enojados. Su sonrisa estaba pintada con pintalabios, y la cara estaba maquillada como un payaso.

Eran un total de cinco, y a sus espaldas dejaban un total de diez cadáveres, uno de ellos era teniente.

Kalverius miró a su hermana, a quien, como él sabía, todavía le quedaba en el alma algo de piedad. Ella era pura y buena, no como Julia, que venía a ser todo lo contrario. No parecía demasiado afectada por la matanza que acababan de hacer, pero aún así su hermano prefirió hablarle. Estaba preocupado.

-Entiendes porqué hicimos esto, ¿Verdad Ribi?

Su hermana le miró desde debajo de la máscara.

-No soy una niña, Kal.- Y claro que no lo era, pero Kalverius todavía la veía como “su hermanita”. La chica era muy bonita, con un cuerpo curvilíneo bien formado, un caminar grácil y una sonrisa preciosa, escondida bajo su máscara. Tenía una cadena de eslabones colgada del cuello, que tintineaba a cada paso, de la cual colgaba un candado.

-Estamos de infiltrados, lo que vamos a hacer ahora es primordial para nuestra causa, y esos tipos nos descubrieron. Hicimos lo que había que hacer.

-Eh, Ribi, ¿A cuántos has matado?- Le preguntó el enorme Tai, cubierto con su eterna y sucia piel de lobo desértico. En la cabeza tenía un yelmo, decorado con la cabeza del canino, y en su mano llevaba un hacha manchada de sangre. No era algo que la chica quería escuchar.

-No los he contado-

-Yo maté a dos- Sonrió un poco Taifon Skidbladnir, el elemental de aire.

-Yo a cuatro- Sonrió Julia con malicia debajo de la máscara, aunque, con esta puesta, todo el tiempo estaba sonriendo.

-Yo no quería matar a nadie- Dijo con su tono lento Kercus, el elemental de madera –Pero uno no puede blandir tranquilo su martillo en el aire sin que al menos un par personas crucen sus cabezotas en la trayectoria.

-Y Kal se quedó con el teniente, como no- Se mofó Julia, la bajita de trenzas, elemental de nitroglicerina. –Como si nadie más se pudiera hacer cargo.

-Eso deja a Ribi con uno solo.- Sacó cuentas Kercus, el novio de la chica. –Pero ni se ha dado cuenta de que le atacabas.

Ribi frunció el ceño, pero nadie la vio gracias a su máscara. Sus propios poderes le desagradaban a veces. Su función era de matar a gente importante antes de que se dieran cuenta de que Los Caminantes del Desierto estaban allí. Ribian los pillaba desprevenidos, y con sus poderes de hueso y un level 2 bien aplicado, hacía que se les astillara la médula ósea. El teniente, objetivo de Ribi, había estado demasiado lejos, así que tuvo que encargarse del soldado más cercano, un hombre monstruoso, que medía una cabeza más que Taifon, y portaba un martillo a dos manos. Se derrumbó con facilidad, y luego el ataque había empezado: Julia saltaba de las dunas disparando explosiones en todas direcciones, matando a todos los que podía, separando a las tropas organizadas. Luego Taifon y Kercus atacaban, matando en combate directo a todos los que se les acercaban, y finalmente, Kalverius, el más fuerte del grupo, se encargaba del líder.

Todo había salido maravillosamente, pero dejaba a Ribi un gusto amargo en la boca. Debía de ser la arena del desierto, día y noche infiltrándose en sus pulmones cada vez que intentaba respirar. Su hermano siempre la había intentado convencer de que la arena era su aliada, pero ella nunca estuvo totalmente segura de esto.

Se acercaban al pie de la montaña. Kercus suspiró con melancolía fingida y habló con tono monótono.

-Ahh. Viejos tiempos: sangre de militares, gritos de los inocentes, incontables daños de infraestructura, este tipo de cosas que lo hace sentirse a uno como un adolescente.

-Comenzaremos el ascenso. Escondan las armas.- Dijo Kalverius.

-Y escondan a Julia, por si acaso- Rió estruendosamente Tai, pero nadie le imitó. Para dar el ejemplo, Kal ajustó su cimitarra en su funda, y se la escondió bajo la capa, que tenía mangas y botones, y cerraba. Similar hizo Taifon Skidbladnir con su hacha, que se la colgaba en un sitio en su espalda, que le ocultaba la capa gris. Kercus no tuvo ninguna dificultad, pues su enorme martillo era un Level 3 que se deshacía en sus manos para volverse solo astillas. Las dos mujeres no usaban armas, pero Julia seguía siendo la más peligrosa de todos ahí.

La luz del sol hinchado cayó por última vez sobre Kal, que le miró directamente, con sus ojos blancos, fríos y muertos.

-Ahí vamos, Incus Emmet-



Capítulo 2: Cafetería Steaming

Capítulo 2: Cafetería Steaming

-Buenas tardes, señor, bienvenido a Steaming- Saludó el joven desde detrás de la repisa. –No le conozco, ¿es nuevo por aquí?-

-Así es- Saludó a su vez el hombre, grueso y con un poblado bigote, mientras tomaba asiento. Vio como el chico movía todo de un lado a otro con una maestría que denotaba años en el empleo: las cucharas daban giros y bailaban entre sus dedos, una fue a caer con cuidado a diez centímetros de su servilleta de tela, y justo al lado del pequeño plato de té que se deslizó un segundo después frente a su amplia barriga. –Me han recomendado este sitio unos amigos, me han dicho que es muy bueno.

-No solo muy bueno señor, somos los mejores de Falconia- Sonrió con los ojos, él siempre entrecerraba la mirada cuando sonreía -¿Qué se va a servir?

-Un té, me han dicho que hacen un muy buen té

-Resulta que es mi especialidad- Se rio el chico, mientras la taza raquítica de porcelana daba vueltas lentas entre sus dedos, y un paño blanco terminaba de secar las últimas gotitas de su anterior lavado. El chiquillo posó la taza con cuidado en el plato del señor, ante su mirada atenta, y luego, siempre sonriendo con los ojos, como si no viera lo que hacía, echó agua hirviendo de una tetera justo hasta rozar el decorado interior, sin mojar ni un milímetro más de la porcelana con diseño.

-¿Cuántas cucharadas de azúcar?

-Dos, si es tan amable

-Soy tan amable- Bromeó, mientras el polvillo blanco se precipitaba con vaporcitos hasta el fondo del agua. Dejó la cuchara a un lado. -¿De qué sabor prefiere?

-Ceilán, por favor.

-De inmediato- Sonrió con los ojos. Mientras se apoyaba en la mesa, metió su dedo índice de la mano derecha en el agua hirviendo de la taza, ante la mirada atónita de su cliente. Esta se tiñó de café oscuro, hasta un tono en un punto medio entre transparente y opaco. El hombre todavía lo mirada boquiabierto. El chiquillo no entendía. Miró la taza, miró al hombre, varias veces, con el dedo dentro del té hirviente, y se apresuró a quitar su dedo.

-¡Le juro que me he lavado las manos!- Dijo sin dar muestras de sentir dolor. El hombre no se bebió el té por un buen rato, mientras miraba, extrañado, la mano del joven. Se fijó en que tenía la piel ennegrecida ligeramente alrededor de ña del dedo índice, como una salchicha que llevara un poco de más en la parrilla. Su dedo era así.

El hombre sopló el té, agarró su cucharilla, sacó una cucharada, la sopló también, bebió con un sorbo silencioso, y probó. Estaba muy bueno.

-¿Cómo te llamas?

-Soy Zuru Kamel- Se quitó su sombrerito en una reverencia- Para serv… vir… le- Y siguió balbuceando por un rato. Las campanitas de la puerta tintinearon y apareció una agraciada figurita en el umbral, que saludó a todos los presentes con una inclinación de cabeza. Cerró a sus espaldas. El hombre grueso se giró lentamente, extrañado, y luego volvió la vista lentamente, ahora con una sonrisa. Finalmente miró a su interlocutor interrumpido y balbuceante, y, luego de suspirar, exclamó: -Juventud- Y se siguió bebiendo su té.

El corazón de Zuru latía al triple de su capacidad. Intentó respirar con lentitud, y finalmente lo logró. La joven dama había entrado, caminando con cuidado, se había sentado en la silla, y le había removido el corazón del pecho usando sus ojos celestes, que se veían dramáticamente tiernos bajo su cabello grisáceo de elemental de vapor.

La chica estaba desaliñada y adormilada, con grandes ojeras, el cabello despeinado, los pasitos cortos, se relamía los labios, cruzaba los deditos delicados con nerviosismo de alguien medio muerto.

“Tan hermosa como siempre o más hermosa que nunca” Pensó enceguecido Zuru. Se limpió la baba que le colgaba de la comisura del labio, irguió la espalda, acompasó su respiración a su ritmo normal, puso su sonrisa más galán y su mirada más amistosa, agarró una bandeja con cosas de té y se dirigió a su mesa.

-¿Cómo despertó la mujer más hermosa del reino?- Dijo mientras ponía todas las cosas de la bandeja alrededor de la dama, parado a su espalda.

A Kichi Steaming, hija del dueño del café, o sea, la hija del jefe, le faltaba su brazo izquierdo, así que desde pequeños, a Zuru le había tocado ayudarla en muchas cosas. El elemental de té estaba perdidamente enamorado de la chica de vapor, quien nunca le había visto como nada más que a un amigo simpático. La damita vestía con un estilo que se podría considerar Steampunk, algo común en esa zona alta de Falconia.

-La mujer más hermosa del reino no durmió- Se quejó Kichi con los ojos entrecerrados. Apenas Zuru estuvo listo poniendo elegante la mesa, Kichi abrió su bolso y tiró un montón de piezas de metal sobre la misma, para luego extender un plano a un lado. Zuru abrió los ojos, sorprendido y siguió trabajando como si nada. Los otros clientes la miraban raro.

La chica se había puesto la cuchara en la boca y jugueteaba con ella distraída.

-¿Y… en qué trabajas?-

Kichi apuntó a su plano con el brazo derecho, mientras miraba la taza con distracción. Movió las cosas alrededor para hacerle espacio al chico y que este trabajara. Como solo disponía de un brazo, este le ayudó.

-Ojalá fueras un poco más explícita- Ambos movían las cosas alrededor. -¿Quieres lo de siempre?- Preguntó mientras ella le sostenía la taza en alto y él le ponía el agua. No respondía. La miró. Ella le miraba con el ceño fruncido y la cuchara en la boca. Se la quitó con cariño y cuidado.

-Es mi brazo-

-¿Tu brazo?-

-Sí, en eso trabajo, me estoy fabricando un brazo.- Zuru era de la opinión del padre de Kichi, de que la chica debía haberse dedicado a administrar el negocio del café en vez de andar por ahí haciendo de mecánica, sobre todo teniendo un solo brazo. Mecánico era un trabajo muy bien remunerado en un lugar tan tecnológicamente avanzado como Falconia Alta, pero una mujer manca e hija de un hombre de negocios importante no era la más adecuada para hacer trabajo pesado de obrero. Trabajo de hombre. Pero la chica era muy obstinada.

-¿Y va todo bien?-

-¿Me escuchaste lo que te dije cuando entré? No he dormido.

-La delicadeza de tus labios me distrajo de lo que decían.

-Ya estás otra vez- Se quejó –Mejor sírveme un café
-¿No quieres un té? El café lo tengo que ir a buscar a la cocina y ya te puse agua.

-En este minuto, me casaría contigo si fueras elemental de café.

-Pues ya tengo un nuevo objetivo en la vida.- Bromeó no tan en broma mientras caminaba hacia la cocina con la taza con agua en la mano. Volvió con una taza nueva y el pote con café, y leche por si se le antojaba, solo para encontrarse con que ahora la chica había ocupado el platito de la taza en clasificar un montón de tuercas.

-¿Puedes sacar esas cosas de ahí?

-Tengo un solo brazo- Le frunció el ceño. Amaba verla con el ceño fruncido. -Ayúdame un poco

-Tengo cero brazos en este momento, apresúrate que la bandeja está pesada.

Se tardó bastante en sacar las tuercas para tenerlas clasificadas en otro lado. El chico dejó las cosas en su lugar mientras los brazos le tiritaban de esfuerzo. La chica bebió el café con avidez.

-¿Quieres algo más?- Le preguntó el mesero, mientras jugueteaba con su cabello gris usando su dedo ennegrecido.

-No, nada- Dijo ella cuando desocupó sus labios de la taza un segundo. El chico agitó su cabello, distraído y juguetón. El pelo de Kichi parecía hecho de alguna sustancia espectral, mágica y misteriosa: era de un color gris claro, con una textura suave en exceso, recordaba a algún tipo de gas, pues esquivaba los dedos del chico cuando este le tocaba. El cabello de la damita se sentía cálido, y las hebras de pelo se deshacían al tocarlas. A veces, salían flotando burbujas que se dispersaban en el aire. Cuando ella agitaba la cabeza, su pelo se movía con lentitud, como si flotara. La mano del chico de té jugueteó con el pelo mientras no le prestaban atención, llegó hasta el remolino de Kichi, en la parte alta, y luego a la zona encima de su oreja. Susurró algo. Level 1. Cuando la chica se fijó, tenía una flor saliendo de su cabello, que parecía recién cortada. Pero no lo era.

-¿Truco nuevo?

-¿Te gusta?- Sonrió con los ojos.

-Te esfuerzas demasiado.- Kichi cerró los ojos y disfrutó de su café sin prestarle demasiada atención.

-Ey, es una camelia, pensé que te gustaban.

-Es linda- Aceptó con tono indiferente. Eso le dolió un poco pero Zuru no dejó de sonreír.

-Solo quiero una cita- Suplicó con la bandeja contra el cuerpo, con la cabeza ligeramente ladeada.

-¿Y luego qué, que sea tu novia?

-A eso voy- Se rió el chico.

-Pfft- Kichi se rió un poco mientras bebía de la taza. –Ni en tus fantasías más salvajes.

Zuru sonrió ampliamente.

-Créeme, no te gustaría saber el papel que ocupas en mis fantasías más salvajes.

Ella sonrió a su vez, y luego miró el techo con desaprobación.

-Cerdo

El mesero se rio en voz alta mientras se retiraba.

-Oye, espera- Le dijo Kichi. El joven volteó con velocidad, esperanzado. –Tengo algo para ti- El corazón le iba rápido. Se acercó a la mesa, luchando para no correr.

-¿Qué tienes?- Se acercó mucho a ella. La chica hurgaba en su bolso. Abrió un bolsillo. No sabía qué esperarse.

-Para ti- Le pasó con su único brazo. En su palma sostenía una pequeña locomotora a vapor.

-Eh… gracias Kichi- Sonrió tímidamente, un poco desilusionado. A penas la tomó, la chica activó un Level 2, y sus rueditas dieron una sola vuelta. La chimenea tiró un único anillo de vapor que se dispersó en el aire. Con la mano que había hecho el level 2, la niña se despidió de él.

Mientras lo veía de espalda, Kichi pensó: “No es lindo, pero es muy tierno, y yo sé que es fuerte. Puede resistir que lo rechacen un par de veces”

Cuando Zuru iba de camino a la cocina con el juguetito en la mano, un hombre con bigote, vestido de mesero le dijo:

-Cambio de turno, Zuru

-Gracias Maurice

El señor le escudriñó el rostro con los ojos entrecerrados.

-¿Qué te pasa chico? Tienes mala cara.

-Da igual, estoy bien- Mintió, mientras se dirigía a su habitación. No volteó a sonreír con la mirada.

Abrió la última puerta de madera del pasillo, la que estaba detrás del baño de clientes, y tenía un letrero que rezaba “Solo personal autorizado”. Adentro, filas y filas de juguetes de metal oxidado se clasificaban en estanterías. Zuru puso la locomotora en un espacio entre otros dos recuerditos que le había armado su amada. Se tiró de cara en el colchón duro, y suspiró un:

“Jamás será mía”, pero con solo medio corazón en el pecho.

Estuvo varios minutos tirado ahí, agotado, sin nada de orgullo que le quedara, desanimado, cuando de pronto una poderosa explosión le despertó de sus ensoñaciones. Cuando se levantó de la cama, y miró por la ventana, solo pudo ver una gran nube de humo marrón en la plaza de la parte baja de la ciudad.

-Están peleando- Se dijo en voz alta –Y son personas fuertes…

Observó mejor cuando se dispersaba la nube de humo.

Una revuelta.


Capítulo 3: Ojos blancos, fríos y muertos



-Bang Bang, level 2- Gritó Julia, mientras formaba pistolas con ambas manos. Caminaba con un ojo cerrado, como apuntando, pero en realidad no parecía apuntar a ningún lado. Las bolitas de nitroglicerina que salían de sus dedos iban a parar a diversos sitios y explotaban con mucha fuerza, dejando cortinas de humo y alertando a los civiles para que huyeran y a los militares para que se acercaran. Así lo hicieron.

-Ahora, síganme, síganme- Dijo Kal por lo bajo, mientras su hermana y los otros dos corrían junto con él en el mismo sentido de los civiles, ocultos entre las explosiones. Subieron a los tejados.

Las oxidadas calles de Falconia Alta no habían presenciado tanta violencia desde las épocas del genocidio, y no tenían idea de que la violencia que estaban presenciando ahora era consecuencia de este. Julia caminaba por el medio de la calle principal, disparando hacia todas direcciones sin mucha coordinación. Tiraba hacia las torres de vigilancia, los adornos de jardín y las sombrillas de un restaurante, pero no atacaba a las personas. Reía con malicia, y gritaba “bang, bang” cada vez que disparaba. El brillo de las llamas se reflejaba en sus ojos, de un esmeralda fuerte.

-No se puede decir que no lo disfrute- Señaló Kercus mientras huían. Todos se habían puesto sus máscaras ya, y se alejaban muy rápidamente. Cayeron en un callejón, y vieron, en una pared llena de anuncios, colgados, unos papeles con sus caras, con recompensa, y firmados por la “Excelentísima Policía Militar de Leona”. Kalverius agarró uno con su cara, lo rompió, y prosiguió.

“Cuartel general, al norte”, Pensó.



-senyorita, ¿qué está haciendo? ¡Deténgase!- Julia ya estaba más calmada, pues había cumplido con su misión de distracción. Caminaba por la calle en total tranquilidad, como si todo ese caos no fuera culpa suya, cuando la identificaron. Eran seis soldados, una patrulla.

-¡Ajá! ¿Así que ustedes quieren pelea? Venga, venga, te daré el derechazo que me enseñó mi papi.- Se puso en una ridícula pose de boxeador que dejaba en descubierto sus débiles y flacos brazos. Tenía los puños flojamente cerrados frente a la cara, la espalda encorvada, los codos separados. –Aquí, aquí- Pegó un par de fugaces golpes al aire, sin poner esfuerzo, como de juego.

-Haga el favor de no oponer resistencia- Dijo el guardia, confundido, mientras sacaba unas esposas.

-Pum pum…- Dijo con tono distraído, pues ni siquiera miraba a su interlocutor a la cara, como si no estuviera ahí. Uno de los golpes, un derechazo pegado con nada de fuerza, conectó en la mejilla del soldado. Una fantástica explosión le reventó toda la mitad superior del cuerpo, y esparció una gran humareda por el lugar. Los grandes trozos de carne chamuscada y sanguinolenta volaron por el aire y se alejaron muchos metros. –Level 1- Escucharon decir a Julia los compañeros del hombre asesinado. Los soldados se alejaron, confundidos, y tomaron sus armas con ambas manos. Miraban alrededor, nerviosos, pues la chica se había perdido dentro del humo. Intentaban mantener la tierra alejada de sus ojos, retrocedían en direcciones diversas y chocaban con sus compañeros, que eran tan solo siluetas confusas.

Un hombre, con los ojos entrecerrados, se desesperó, y gritó:

-¡¿Dónde estás?!

De pronto Julia surgió de dentro de la cortina de humo, sin ruido, se detuvo, miró al hombre con ojos viperinos, y le conectó un puñetazo al grito de:

-¡Aquí estoy! ¡Level 1!- El hombre consiguió abrir un poco la boca, antes de morir reventado.

La cortina de humo, luego de una sacudida violenta, se volvió más densa. Los soldados de Leona estaban en total desventaja. De pronto Julia se apareció frente a uno, quien le intentó conectar un sablazo, pero ella, velozmente, se agachó y le pegó un uppercut en la mandíbula.

-¡Pum Pum, Level 1!- Y su torso explotó, mientras que el cuerpo y la cabeza se alejaban en distintas direcciones.

Julia tenía un buen juego de piernas y se movía muy rápido, además sabía perfectamente quién era aliado y quién enemigo dentro de la neblina: todos eran enemigos.

-Level 1- Se escuchaba, seguido de una explosión. –Level 1, Level 1-

El humo se esparcía alrededor, volviéndose más opaco cada vez. Iban quedando menos hombres. Un soldado se encontró con el otro, espalda con espalda, y luego de un susto se reconocieron como aliados. Cargaron sus poderes elementales en sus manos, asustados, y esperaron muy nerviosos, con sus ojos escrutando los alrededores, esperando a que la figura de la chica naciera de la bruma.

-¡¡Level 1!!- Escucharon, y ambos miraron arriba, mientras una figura femenina con el puño en alto eclipsaba el sol. Abrieron sus bocas, asombrados, antes de que cayera justo frente a ellos y le pegara un puñetazo al suelo. Un montón de humo, llamas, grandes trozos de pavimento y dos cadáveres despachurrados salieron volando en las direcciones más diversas, pero principalmente hacia arriba.

El humo se disipó lentamente. Sentada en el suelo, partiéndose de risa, estaba Julia Burst, media chamuscada y manchada de sangre ajena. –Tengo la mejor vida del mundo.- Sonrió mientras se limpiaba una lágrima que le había salido de tanto reírse. En el suelo, frente a ella, había un gran hoyo en el pavimento, y a su alrededor habían muchos cadáveres, o lo que quedaba de ellos.

-Mi trabajo ha terminado, hora de irse- Sonrió, y luego, la máscara sonrió en su cara también.



Una jovencita que portaba una bolsa llena de tuercas y un montón de papeles en un bolsito salió despreocupadamente del café, sin haber escuchado las explosiones de más abajo.



Kalverius Dahst emergió del callejón oscuro junto a sus compañeros, en medio de un silencio intranquilo. Hizo señales con las manos. Todos asintieron. Kal y Ribi partieron por un lado, y Kerc y Tai partieron por el otro. Se alejaron velozmente.



Un lagarto Varano cargado de refuerzos de Leona corría a toda velocidad por la calle principal, cuando de pronto un hombre con una máscara de madera y una capa verde se puso en medio de la vía con los brazos en alto.

-¡Deténganse, deténganse!- Clamó. El lagarto paró en seco. Un oficial se asomó.

-¿Qué sucede, hombre, no ve que vamos en una emergencia?

-¡Se ha roto una pierna!

-¿Quién, quién se ha roto una pierna?- Se desesperó el hombre.

-¡Su lagarto!- Gritó Kercus mientras golpeaba la rodilla del lagarto usando un gran martillo de madera que había generado con level 3. La cabeza del martillo, un tronco de árbol con treinta centímetros de diámetro y cuarenta de largo, hizo crujir los huesos del animal, que dio un profundo aullido de dolor mientras se encabritaba y se iba de espalda, cayendo encima de los soldados y aplastándolos junto al conductor.

Hubo un momento de tranquilidad regular cuando llegaba Taifon. Sacó su hacha.

-¿Contamos quién mata a más?

-Claro que vas a ganar tú, así no hay gracia.

-Lo sé- Sonrió Tai, para luego lanzarse a la batalla.

-Como sea…- Suspiró Kercus con tono resignado.

Un hombre surgió de debajo del lagarto, que todavía se agitaba adolorido.

-¡Filo del Viento, Level 3!- El hacha se rodeó de una corriente de aire muy veloz, que iba hacia atrás, en sentido del filo. Cuando el arma cayó, esta golpeó con monstruosa fuerza al soldado enemigo, atravesando piel carne y hueso. – ¡Ya llevo uno!

-Justicia Aplicada, Level 3- El martillo de Kercus aumentaba y reducía sus medidas al gusto de su dueño. De pronto tenía un mango muy pequeño, para una sola mano, y una enorme cabeza, y otras veces tenía un mango para dos manos y la cabeza pequeña. No parecía pesarle más o menos, sin importar lo que midiera. Cuando su enemigo, un elemental de fuego, se paró frente a él con los puños encendidos, le aplastó con el martillo, al que le había agrandado la cabeza descomunalmente, como para un juego con un gigantesco topo de Wack-a-mole. –No sé si está muerto pero no quiero comprobarlo. Cuenta como uno.- Pero su amigo ya llevaba unos tres.

-Ahg, que hombre tan violento, ya estoy muy anciano para estas cosas- Meneó la cabeza el elemental de madera de 20 años. Un nuevo enemigo se presentó frente a él, otro pringado, este portaba en las manos su espada. Dio un aullido de guerra mientras se abalanzaba sobre Kercus.

-¿Así se pelea la gente aquí? ¿Sin retar a duelos, sin reverencias ni nada?- Agrandó el mango de su martillo y achicó un poco la cabeza, para tener más alcance. Lo llevó hacia atrás y lo hizo caer sobre el casco de su enemigo, con muchísima fuerza. Justo cuando pensó que ya lo había vencido, el soldado levantó su mano y generó un escudo de roca que detuvo el martillo. Luego este escudo tomó la forma de una tenaza, y atrapó la maza de guerra con fuerza.

-Oye, que grosero- Kercus movió el mango del arma desde su lado derecho de la cadera hacia su lado izquierdo, y el enemigo elemental de roca quedó un poco perplejo cuando la cabeza del martillo se redujo dentro de su tenaza hasta dejar de existir. El mango se encogía, y al mismo tiempo se alargaba, pero por la punta contraria. La cabeza del martillo se generó a la espalda de Kercus, ahora en la otra punta del arma, antes mango; de un tamaño descomunal, mientras el elemental sostenía el mango del mazo de forma algo incómoda.

-¡Toma!- Gritó, para luego dar un arco largo con el martillo, que ahora golpeó al enemigo elemental de roca en el costado derecho, y lo lanzó con muchísima violencia contra una casa con las paredes metalizadas.

De pronto, a cierta distancia, tres militares pringaos vestidos de rojo se pararon uno al lado del otro, y cargaron sus level 2. Un relámpago, una lluvia de cristales y una ráfaga helada.

-¡Taifon!- Kercus llamó la atención del elemental de aire.
-Ya voy, ya voy- Abrió sus brazos. Kercus se refugió a su espalda. -¡Muro de viento, level 1!- Una gran barrera invisible se formó en frente de los dos elementales. Los ataques enemigos volaron, y luego se deshicieron en un torbellino transparente, para ser absorbidos. El elemental de aire extendió su mano apuntando hacia los tres hombres. –Barrera de viento, level 2- El equivalente en level 2 al ataque anterior se materializó frente a los tres enemigos, y con un empujón energético de Taifon, los tres salieron volando hacia atrás a mucha velocidad, estrellándose contra el suelo y luego contra la pared de un local.

-Espero que no les haya dolido. Me caían bien, les gustaba tirar ataques y eso, teníamos cosas en común.- Kercus salió de detrás de Taifon con su martillo en la mano, esta vez con el mango corto y la cabeza regular.

-Te voy ganando por muchos, chico- Le sonrió.

-Ni siquiera estaba compitiendo- Se quejó Kercus con tono vago.

De pronto, frente a ellos, el enorme lagarto varano empezó a elevarse del suelo, lenta y abruptamente. Ahora flotaba a casi dos metros del suelo, pues, abajo, un elemental le sostenía usando solo una mano. El militar agarraba al monstruoso reptil de dos toneladas con su mano derecha, y en su izquierda sostenía al conductor de bus, a quien había salvado, de la polera.

-Asesinos, maleantes, traidores, bellacos- Su voz era teatral. Vestía con el uniforme rojo de los tenientes. Tenía una cabellera rubia ondulada peinada ridículamente, con muchísimo cuidado. Sus ojos eran dorados y tenía un bigote fino que daba una espiral en cada punta, y se elevaba en contra de la gravedad. –Os daré vuestro merecido, en nombre de Leona y su excelentísimo rey.- El teniente enemigo tiró con violencia al lagarto hacia un lado y al conductor de bus hacia el otro.

-Un teniente- Taifon se puso en guardia y se mordió los labios.

-Y yo que pensé que era un civil, cuan equivocado estaba- Suspiró Kercus, mientras tomaba su martillo con ambas manos y se paraba al lado de su compañero.

-Tenemos problemas- El tono de Taifon era serio.

El hombre sonrió confiadamente. –Más que un teniente, hoy seré su peor pesadilla.- Se puso en guardia también. -¡Adelante!



Kichi caminaba por la calle, de la cafetería a su casa, con paso tranquilo, cuando de pronto una marea de seres humanos empezó a ir en sentido contrario. Sin entender nada, abrió mucho los ojos, y no sabía si agarrar su gorro para que no se le callera o su bolso para que no se lo robaran. Eligió lo primero, mientras le pegaban codazos y la empujaban para que se moviera. Se quedó quieta allí, desorientada, cuando de pronto vio a un soldado vestido de rojo que caminaba con paso lento hacia ella. Levantó la vista. Se trataba de un teniente, de anchos hombros, uniforme escarlata, cabello negro y coleta de caballo, que era larga y le llegaba hasta la mitad de la espalda. Tenía un rostro justo y las cejas pobladas.

-senyorita, hay una revuelta en la ciudad, le ruego que suba a las zonas altas.- Le dirigió una mirada extrañada. La examinó. Tenía una bolsa sospechosa en la mano, un bolso, vestía como una persona adinerada, le faltaba un brazo y era muy bonita. No era alguien que pasara inadvertido.

-Perdón, no lo sabía… es que...-

-¿Qué está haciendo en medio de la calle?- La escrutó con la mirada. Su cabello, había algo raro en su cabello.

-Nada señor… yo… es que… estoy muy confundida- El teniente no estaba convencido.

-senyorita, le ruego que se retire, y rápido… antes de que lleguen las personas peligrosas.

Kichi retiró la mirada, avergonzada. Se ponía nerviosa hablando con gente adulta, y aún más con militares, a los que les guardaba un profundo temor. Le tenía miedo al hombre, y no le miraba a los ojos. Giró la cabeza, y el teniente de pronto abrió mucho los ojos.

Su cabello. Su cabello flotaba… flotaba como el de un…

-Quizás no tenga que escapar de las personas peligrosas- Frunció el entrecejo. Sus brazos de pronto se estaban cubriendo de metal. Kichi le miró confundida. –Pues… usted debe estar entre ellas. Elemental de aire.- La última palabra tenía tono de sentencia. Elemental de aire, terrorista, enemigo, cáncer social. Su cabello, el cabello que había heredado de su madre. Se desesperó.

-¡Teniente, señor, no es lo que usted cree!- Se retiró, dio varios pasos atrás, mientras extendía la mano intentando detenerle, pero el hombre no parecía escuchar. -¡Por favor, escúcheme, no soy de aire, soy de vapor!

-Es lo que dicen todos. Siempre que los pillamos en las dunas, acuchillando gargantas, matando a hombres de deber y honor...- Era solo una niña, pero tenía que ser fuerte. Tenía órdenes expresas: eliminar a los de aire que no se hubieran rendido al ejército, y eso era la chica. No solo eso, era una ladrona y una terrorista. Era peligrosa para todos, y había que detenerla ya. Extendió la mano metálica, que fue deformándose, y de pronto se había convertido en una enorme espada de metal, con el largo de un mandoble medieval. La jovencita se intentaba alejar de espaldas, la bolsa con tuercas se le calló, y resonó metálicamente en el suelo, como si fuera una bolsa llena de monedas. Monedas robadas por un elemental de aire. Tropezó, en el peor momento, con el pavimento, y no le quedó otra que cerrar los ojos, intentar cubrirse, y gritar. ¿De qué le servía cualquier tipo de entrenamiento contra un militar? El teniente intentó mirar hacia otro lado, profundamente perturbado por lo que se veía obligado a hacer.

-¡Piel Férrea, Level 1!- Se escuchó un poderoso crujido, crack, huesos quebrándose. Kichi no sentía dolor, no sentía nada. Mantenía los ojos cerrados, esperando su muerte, y no entendía por qué el militar de leona se había detenido. Tímidamente entreabrió los ojos, y quitó lentamente la mano.

Entre ella y el teniente, de espaldas al militar, se encontraba un hombre. Vestía con una capa de color arena, raída, media comida por las ratas. En su mano portaba una cimitarra, y en la cabeza un casco, que ahora se veía demasiado grande para su cabeza, como dos veces mayor de lo necesario. El espadón había golpeado en medio del casco, en la cabeza, y todo estaba quieto. De pronto el yelmo se empezó a trisar, y el mandoble fue lentamente bajando mientras el cráneo de hueso se rompía. Finalmente se abrió a la mitad, como un huevo, y cayó hecho trocitos. Debajo, con el espadón amorosamente posado en su cabeza, con trozos de hueso encima de sus hombros y su capa, con una larga cabellera color arena, con ojos blancos, fríos y brillantes como el marfil, con un hilillo de sangre corriendo por encima de su ojo derecho; debajo, un hombre, su salvador, le sonreía.

Y era muy guapo.

-¡Joven! ¿Qué cree que hace? No intervenga, le podría haber matado…- El teniente alejó el arma, y cuando Kalverius Dahst volteó, le reconoció. –Tú…-

-Yo…- Le imitó Dahst.

El teniente, asustado, mientras las memorias oscuras le carcomían la mente, retrocedió.

-¿Qué buscas aquí?- La voz le tiritaba -¡Aléjate de mí, deja de perseguirme! ¡Yo solo seguía órdenes!

-Incus Emmet, elemental de acero… asesino, torturador y violador. Teniente del ejército de Leona.- Kal caminaba con la mirada baja, mientras una cortina de cabello le cubría malignamente los ojos. Llevaba la cimitarra en la mano.

-¡Mentiras, esas cosas son mentiras…! ¡Yo nunca…!- Verdaderamente tenía miedo.

Kichi era solo una espectadora, paralizada, asustada, pues pensó que ese día sería el último de su vida. Jadeaba, nerviosa, mientras miraba a Kal de espalda. No podía apartar su vista de él. “Me salvó. Este hombre me salvó…”

Kal levantó la vista hacia el militar: sus ojos eran fríos, blancos y muertos, como los ojos de un cadáver, o los ojos de alguien que ha vivido más de lo que debía haber vivido. Ojos que habían visto demasiado sufrimiento. De pronto, de su cuello, salieron dos trozos de hueso que se abrieron lentamente, como una planta carnívora, y empezaron a rodear el rostro del elemental. Formaron una máscara nueva, que le rodeó la cara, y finalmente se cerró, con un chasquido y un poco de humo. Sus ojos desaparecieron en la oscuridad del cráneo.

-No, no, atrás- Incus levantó el espadón por encima de su cabeza.

-Te llegó tu hora- Los ojos malvados volvieron a aparecer, los ojos de un cadáver.




Ultima edición por Shireke01 el Lun Jul 20, 2015 4:07 am; editado 4 veces



Shireke01 Mensaje Mar May 06, 2014 4:03 am
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Publiqué el tercer capítulo por si alguien quiere leerlo. ¿Poner una respuesta varios días después cuenta como doblepost?




guitar41 Mensaje Sab May 10, 2014 4:46 am
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Shireke01 tu fic es bueno
Quisiera hacerte una propuesta:
tu tienes a Taifon, elemental de aire y yo tengo a Sohn Derwind, elemental de aire y quisiera proponerte intercambiar tecnicas, yo ya tengo unas 3 o 4 que te podria pasar


Calima Zei Mensaje Dom May 18, 2014 10:38 pm
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Shireke01 tienes una forma de narrar muy bonita y entretenida xD Tu historia está buena y espero que la sigas, además de que vi tus dibujos y me enamoré (mensaje secreto: quizás te acose en DA... ok, no xD) Para colmo con lo que me gusta a mi la ambientación Steampunk y eso >>
Los personajes son buenos y eso de usar elementales poco comunes en lugar de los típico cuatro principales, me gusto, más los elementales de hueso Mr. Green


Shireke01 Mensaje Lun May 19, 2014 8:27 am
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¡Muchas gracias a los dos por leerme y comentar! Ya me estaba preocupando de haber escrito tanto para nada. Es un alivio ver que les gusta.

Sobre los dibujos, no son míos. En mi DA solo encontrarás escritos, porque eso es lo que hago, escribo. Los dibujos los hizo mi novia y dejé su Devian al final del post.

Bueno, he añadido más conceptos, esta vez de Ribi y Julia. Ambas son de mis personajes favoritos que he creado, y el diseño que les dio Franny me encanta, y espero que también les gusten.

Subí también el capítulo 4.




Calima Zei Mensaje Sab May 24, 2014 3:33 am
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Si, si, he entrado a tu DA y, tras mucho buscar, encontré también a la dueña de los dibujos. La verdad, los diseños son preciosos. Y descuida, leí hasta el cap 6 creo, ahora ando buscando tiempo para sentarme a leer tranquila el 7, y, en mi opinión, no creo que hayas "escrito tanto para nada". La verdad la historia me va gustando y me gustaría saber como se desarrolla todo Wink


Shireke01 Mensaje Sab Jun 28, 2014 12:45 am
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Pues muchas gracias por leerme. Ya te he visto alrededor de DA, gracias por los favs.

Subí otro capítulo y un dibujito de Ribi.




Shireke01 Mensaje Lun Sep 15, 2014 8:23 am
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Me acabo de dar cuenta, después de mucho, que los post tienen límites de caracteres, y que el capítulo 5 estaba incompleto.

Publico 4 y 5 aquí.

Capítulo 4: Incus Emmet, elemental de Hierro


Un elemental de Te, vestido de mesero, con el pelo desordenado, la barba mal afeitada y ojos como de insomnio corría por la calle principal, en sentido contrario de la marea de gente, hacia la casa de Kichi. “Está en peligro, tengo que encontrarla, tengo que encontrarla”.



-¡Aureka, Level 2!- Gritó el teniente elemental de oro, para crear dos grandes shuriken doradas que volaron en dirección a Taifon y a Kercus. El primero simplemente repitió la barrera de viento que había utilizado anteriormente, pero le resultó bastante más difícil detener el avance de este shuriken que el de los ataques anteriores.

Kercus agrandó la cabeza de su martillo y la puso frente a sí, recibiendo la estrella ninja de lleno, y esta se clavó con fuerza en su arma. Achicó la cabeza otra vez solo para ver cómo la shuriken caía al suelo. La tocó.

-¿Esto es de oro del de verdad?, lo mordería, pero estoy seguro de que me raja la boca.- El teniente no respondió, en cambio le tiró tres grandes flechas de oro a mucha velocidad utilizando la misma técnica anterior. Kercus atrapó una, esquivó la segunda y saltó la última. –Espera, si en tu país es tan fácil crear oro, ¿cómo se aseguran de mantener estable la economía?

Aureo Midas no le prestaba atención, y le seguía lanzando diversos proyectiles corto-punzantes, entre ellos arpones, flechas, puntas de cuchillo y filos de alabarda. El elemental de madera era muy hábil, y se movía de un lado al otro sin que ningún ataque le rozara.

-No lo veo con ganas de charlar- Le avisó Taifon, que luego de eso se lanzó en una carrera furiosa hacia el teniente, con el hacha levantada, mientras esquivaba los proyectiles que le llovían. Cuando Aureo y Taifon estuvieron frente a frente, el de oro se agachó hacia adelante, avanzando con velocidad, mientras el hacha le pasaba por encima. Se levantó pegando un derechazo muy potente, que hizo que el gigantesco Taifon girara sobre sí mismo en el aire y se estrellara contra el suelo, a algunos metros de distancia, muy aturdido. Aprovechando el momento, Kercus dio un gran salto, mientras que en sus manos sostenía una enorme versión de su martillo, que pronto iba a dejar a Aureo como un chicle bajo un zapato. O eso pensó (literalmente) el elemental de madera.

-¡Toque de Midas, level 1!- El teniente levantó su dedo índice hacia el martillo, y cuando lo tocó, el arma monstruosa se detuvo en el aire. De pronto ya no era un martillo de madera, era de oro.

-¿Qué?- Exclamó Kercus Pyrenaico, mientras el arma se le escapaba de las manos. Ahora era muy pesada y estaba fuera de su control elemental.

-¡Estás indefenso!- Le señaló su enemigo.

-Por un lado se siente mal, pero por otro lado, puedo vender esta cosa y me voy a hacer jodidamente rico- Miró a su martillo, de tamaño monstruoso, hecho ahora de oro. –Además- Levantó la vista- Puedo crear otro.- Extendió su mano, apuntando al elemental de oro con su pulgar. Dentro de su puño se formó una vara, y de esta salió un tronco cortado, de gran tamaño. La vara se extendió a mucha velocidad, mientras la cabeza del martillo crecía rápidamente. El Level 3 golpeó a Aureo en el estómago, y lo arrastró muchos metros, quitándole la respiración por un momento, y luego lanzándolo lejos a mucha velocidad. Se elevó en el aire. El martillo se siguió extendiendo, persiguiendo a Aureo en su trayectoria voladora. Parecía que no le iba a alcanzar, pero de pronto, el elemental musculoso se detuvo en seco en medio del vuelo, chocando contra un muro invisible. El muro de aire se movía en dirección contraria, o sea, empujaba a Aureo rápidamente en dirección al martillo. El hombre y el arma se encontraron en el cielo, y la colisión fue espectacular.

-¡Barrera de aire, Level 2!- Exclamó Taifon, con la palma extendida, haciendo un ataque en conjunto con Kercus. El martillo de Kercus siguió extendiéndose, y la barrera de aire se siguió moviendo en dirección contraria. El choque de ambas cosas convertía a Aureo en la cucaracha que estaba entre la bota y el suelo.

-Tai, viejo, creo que lo estamos matando.-

-Esa es la idea, niño.-

-Ah, cierto- Afirmó despistado.

De pronto ocurrió algo que, en parte, Kercus se esperaba, así que
su reacción no fue otra que un:

-Oh, vaya- bastante desanimado. En sus manos, la vara que sostenía se había vuelto de oro. Se le soltó bajo el peso descomunal del metal, y Taifon se dio cuenta muy tarde, así que ayudó sin querer a Aureo en su siguiente maniobra:

El elemental de oro venía hecho un hombre bala con la ayuda del Level 2 de Tai, que no se había detenido a tiempo. Volaba con los puños en frente, y el cuerpo extendido, en dirección hacia ambos hombres, pero más bien hacia Kercus.

-¿Porqué las cosas malas siempre me pasan a mí?- Preguntó mirando a Tai, antes de que una figura veloz vestida de rojo se lo llevara consigo por delante.



Kalverius luchaba como un huracán de sablazos: giraba por encima de sí mismo, con la cimitarra rodeándole, dando saltos dispares en el aire alrededor de Incus. El elemental de metal hacía lo posible por mantener al elemental del hueso alejado de sus puntos vitales, valiéndose de su gran mandoble, defendiéndose con este, y dando espadazos eventuales que solían terminar en nada.

Kal saltó y pegó un corte rápido al cuello del enemigo, que puso el mandoble en medio. Giró por su espalda para caer al suelo agachado, e intentó hacer un trompo sobre una sola pierna, intentando golpear la pantorrilla del teniente. Este levantó la pierna justo a tiempo. Kal se alejó un paso a ras de suelo, soltando algo de humo. El teniente vio su oportunidad, y levantó su espadón, que hizo caer de inmediato sobre la cabeza de Dahst. Este se retiró veloz como un gato hacia un costado, y aprovechando su posición, cerca del suelo, dio un potente salto en diagonal hacia el teniente. En la mitad del aire ejecutó un mortal hacia adelante, tomando su arma con ambas manos, dirigiendo su ataque hacia el rostro de Incus, que se encontraba con su espada gigante a en el suelo. El teniente transformó su brazo izquierdo en un gran escudo, que mostraba la imagen de una cara enojada sacando la lengua. Kal chocó contra las defensas de Emmet, quien lo levantó por sobre su cabeza, tirándolo hacia atrás, hacia su espalda. Kalverius perdió por un momento la orientación en el aire, pero la recuperó cuando vio el suelo muy cerca. Casi al aterrizar, se dio una irregular voltereta en el suelo, que lo dejó tirado de espaldas al lado de Kichi, quien lo miró medio sonrojada. Kal le hizo un gesto de saludo con la cabeza mientras volvía al combate.

Ese maldito militar se estaba burlando de él, y eso no se lo aguantaría. Él era alguien a quien se debía tomar en serio, y se lo demostraría de inmediato.

-A ver si te ríes de esta- Kal corrió con pasos irregulares y zigzagueantes, pero muy rápidos, en dirección al teniente, que siguió su compleja trayectoria con la mirada, juzgando el mejor momento para atacar. Ahí estaba, justo cuando Kalverius dio un salto con mortal hacia él, dejó desprotegida su zona pectoral. Y su mandoble de una mano le haría notar su error.

-¡Ajá!- El filo de la espada golpeó con muchísima fuerza y precisión a Kal en sus costillas, y lo sacó de inmediato de su trayectoria de ataque, haciéndolo estrellarse violentamente contra el suelo. Cuando Incus revisó la hoja del sable, y vio que esta no tenía sangre, notó que algo andaba mal. Y lo entendió bien cuando una patada voladora se plantó en su sien derecha. Incus no perdió el equilibrio, pero retrocedió un paso, arrastrando ambos pies, mareado. Miró a su contrincante, miró su pecho, y vio una especie de protección de hueso, un exoesqueleto que se ceñía, apretado, como un segundo set de costillas, encima de las verdaderas. El filo del mandoble había penetrado profundamente en las defensas enemigas, pero al final estas salieron triunfadoras.

-Maldito desgraciado, tramposo- Ahora Incus estaba enojado. Dio un paso.

-No, nada de eso, aquí no hay normas. Ahora a pelear, hasta que uno de los dos muera.- Kal empezó a correr de pronto, a pesar de la poca distancia entre ellos, con la espada envainada. De la parte inferior de las muñecas de ambos brazos nacieron dos largos huesos puntiagudos, cuyo objetivo eran matar al teniente.

-¡Vamos!- El teniente puso su escudo frente a su pecho, y sintió cómo Kal le ponía el pie encima. El elemental de hueso saltó, y cayó dando una voltereta en el aire, apuntando los huesos de sus antebrazos hacia la cara de Incus. Pero este estaba preparado. El mandoble de Emmet hizo un largo arco por encima de la cabeza de este, y atacó a Kal otra vez en el costado, esta vez en el costado contrario. Kal se puso de pronto en posición fetal, y se salió de su trayectoria. Un par de metros más allá, Incus notó que ahora traía los muslos, canillas, brazos, costillas y espalda cubiertos por armaduras de hueso. Kalverius rodó por el suelo, y aprovechando el impulso, se lanzó de nuevo contra Incus, esta vez con un filo de navaja en su pie. Atacó, y el teniente puso el escudo en medio. Kal se deslizó por el suelo, pasando por el costado de Emmet, y saltó, mientras golpeaba a Incus en la espalda con los huesos puntiagudos de sus brazos. Unas gotas de sangre, las primeras de la batalla, salpicaron el suelo y a Kal. Emmet volteó con velocidad, y golpeó a Dahst con el escudo, quien otra vez se puso en posición fetal, cubriéndose el rostro con los brazos, para reducir el daño. Kalverius tenía un excelente juego de técnicas a ras de suelo, usando veloces volteretas, recuperándose rápido y atacando con saltos. Incus era un tanque, un colosal berserker con una enorme espada y un amplio escudo. Golpes lentos y letales, defensa sólida, movimientos calculados y brutales.

Kal se lanzaba hacia adelante, atacaba, fallaba, rodaba por el suelo, saltaba, atacaba de nuevo. Incus le miraba, le golpeaba, fallaba, se defendía, lo empujaba, lo seguía, y no le daba un respiro. Estaba claro que Kal se iba a cansar antes, pero también estaba claro que él era quien más oportunidades de matar a su enemigo tenía.

“Si encuentro su punto débil…”

“Si logro que se canse…”

Kichi jamás había visto tanta acción. Pensó que lo más inteligente en ese momento era retirarse, pero no quería llamar la atención de ninguno de los combatientes. Podría acabar en alguna muerte, que, aunque claramente iba a ocurrir tarde o temprano, sería causa de ella si se levantaba. Además tenía miedo. Pensaba que en cualquier momento alguno de los dos combatientes fallaría un ataque y le daría a ella, así que prefirió no moverse a menos que fuera estrictamente necesario. Y además de todo lo anterior, la visión de la sangre le aterrorizaba, y sentía que debía ayudar al elemental de hueso de algún modo.

Kal empezó a jadear. La sombra del mandoble se proyectó sobre su cabeza, pero se quitó de la vía moviéndose hacia un lado, dando una rueda. Cayó sobre sus pies, y aprovechó de impulsarse hacia adelante como un cohete. Incus le volvió a empujar con el escudo. Cuando Emmet quitó el escudo de en frente de su cara para mirar a Kalverius, notó que este estaba con una rodilla en el suelo y con la mano, con todos sus dedos, extendida hacia él.

-Exodardos, level 2- Un grupo de unos diez filosos objetos de hueso, alargados y delgados, se habían generado frente a Kal, y ahora volaban hacia el teniente en distintos ángulos. Incus puso su escudo frente a su pecho y su cara, pero algunos dardos se le clavaron en las piernas.

“Reducí su movilidad” Pensó Kal, y saltó hacia adelante, con los brazos abiertos, para darle el último abrazo que recibiría en su vida. De detrás del escudo surgió, de pronto, la espada, que se elevó del suelo dirigida hacia el pecho de Kalverius. “Pero no sus reflejos”. Por segunda vez, Incus se juró vencedor, pero no notó que las costillas exoesqueléticas de Kal se habían deformado, y, como enredaderas rígidas, se ceñían ahora alrededor de su espada, apresándola.

Ambos se quedaron quietos un momento, mirándose. Kichi no estaba muy segura de lo que iba a pasar ahora.

Kal apuntó con su mano a la cara del teniente.

-Exodardos…-

-¡Piel férrea, level 1!

-… ¡Level 2!

Los dardos volaron contra la cara de Emmet, y resonaron como piedras contra un tejado de latón, mientras se esparcían en el suelo. El teniente había formado alrededor de su cara un yelmo de guerrero medieval, y alrededor de su pecho un peto de armadura.

-No eres el único que puede hacer eso, Dahst- Le avisó. De pronto, la espada, que estaba atrapada entre las costillas deformes del elemental de hueso, empezó a transformarse en una gran pinza, que agarró a Kalverius del torso, con mucha fuerza. La mano contraria, la mano del escudo, se volvió una mano normal. En el pecho del teniente, la armadura mutó también, abriéndose, y del centro de esta nació la boca de un cañón.

-Estás arrestado, terrorista, y no quiero más resistencia.

Kal le miró. Le miró en silencio. Kichi no sabía qué hacer… sentía que debía intervenir… pero también sabía que saldría mal parada. Esperó, sin estar muy segura de cómo entrar en eso.

Kalverius acercó lentamente su mano a la vaina de la cimitarra.

-No lo intentes, Dahst- Le avisó con el ceño fruncido. –Te reventaré si es necesario, aunque no quiera hacerlo.-
-¿Así como a mis compañeros?- Le preguntó Kalverius con voz críptica. Incus le miró a los ojos, enrabiado. Le castañearon los dientes. Se miraron. Dahst tenía los ojos blancos, fríos, viejos y muertos, ojos que habían visto demasiado sufrimiento, ojos implacables, cargados de justicia. Pero no de maldad. Sus ojos eran pacíficos y melancólicos, como los de un anciano. Dos veces había estado en la misma situación. Contando esta, dos veces.
Se internó en la oscuridad de sus pensamientos, para luego salir de estos de sopetón. Esa vez no era su deber matarle, ahora sí.

-Si vas a acercar tu mano a tu arma, será para tirarla al suelo.- Kal empezó a mover su mano. -¡No, no, no, no, no!- Se arrepintió Incus –Mantén tus manos quietas donde están, sucio asesino.

-“Eres negro”, le dice el grajo al cuervo- Recitó el refrán, con sus ojos de marfil, fijos.

-¡Silencio, silencio!- Gritó Emmet, furioso, harto de que se burlaran de él -¡Yo seguía órdenes! ¡Tengo una familia a la que alimentar, una familia que me espera en casa que vuelva de este maldito control! ¡Una mujer y una hija, allá, en Leona, en la ciudad; amplia, cálida y bella, no como estos puebluchos de mierda de aquí!-

-Una familia…- La mirada de Dahst se oscureció. –Como la mía, antes de que me la quitaras.-

-¡No me hago responsable de las acciones de mis hombres!-

-Eso es lo chistoso de ser un teniente, eres “la persona a cargo”-

-¡Cállate!- Estalló Incus, mientras de su pecho salía disparada una bola de metal del tamaño de una bala olímpica. Esta, mal calculada a propósito, voló por al lado de la cabeza de Kal, quien ni siquiera pestañeó. La esfera metálica rompió el muro de una casa y desapareció de la vista de todos, en una humareda impresionante.

Kichi finalmente se levantó del suelo, dispuesta a entrar en el combate. “Pero casi no sabes pelear” le dijo su sentido común por un lado. “Pero lo tienes que salvar”, le dijo alguien más, dentro de ella, y la chica, mucho después, supo que se trataba de su corazón. Alzó una mano con cobardía. “Level 2” pensó. “Solo tienes que quemarlo, quemarlo y ya está”. Extendió los dedos de su izquierda, tiritando. “Level 2, level 2 maldita cobarde”. Cerró los ojos, y de pronto…

Crack

En un aullido de dolor inhumano, Incus se desplomó, con un estruendo metálico como el de una caja con utensilios de cocina. Su espalda estaba doblada en un ángulo anormal, y él seguía y seguía gritando. Soltó la tenaza, y con esto, también soltó a Kalverius.

-Pero cómo es que…- Kichi miró su mano. Cuando levantó la vista, tanto Incus como Kal le observaban, el primero con odio, el segundo con neutralidad.

-¡La maldita elemental de aire, perra falconiana!- Gritó con ira. No podía verle la cara, por culpa del casco, pero sabía que tenía las facciones rígidas.

Kal aterrizó con la ligereza de un felino. Miró en dirección a Kichi.

-Muchas gracias, Ribi- Inclinó la cabeza. Kichi se sonrojó completamente.

-Yo… yo no...- Apartó la mirada –No me llamo así…- Terminó en un susurro. El elemental de hueso caminaba hacia ella, y el corazón le latía a mil por hora.

-Odio hacer estas cosas- Se quejó Ribian Dahst, que apareció caminando a la espalda de Kichi. La chica de vapor dio un respingo. La curvilínea mujer enmascarada le miró con curiosidad, la saludó y cerró los ojos amigablemente. La máscara en su rostro era amenazante, ruda, pero sus ojos no eran los de una asesina.

-¿Quién es ella?- Preguntó la chica de hueso.

-¿La manca? No lo sé, el asesino dijo que era elemental de aire.

-Kal, no digas esas cosas de la gente.- Kichi la miró, primero confundida y luego con algo de enojo. “¿Es su novia?” de inmediato sintió una profunda sensación de envidia, cargada con algo de odio, que en ese momento no quiso aceptar. Se mantuvo ofuscada y sonrojada por un rato, recogiendo sus cosas.

-¿Te ayudo?- Preguntó Ribi, mientras se acercaba.

-No gracias- Susurró Kichi, sin mirarla a la cara, tan tímida como orgullosa –Yo puedo sola.- Ribi la miró extrañada y retrocedió un poco.

-A lo que veníamos- Kal caminó hacia Incus, que se retorcía en el suelo con una vértebra rota.

Kichi no podía si no quedarse mirándole los ojos a Kal. Le eran tan misteriosos y atractivos que no podía apartar la mirada.

-No- Dijo el teniente en un hilo de voz. –No, no, no, no por favor- Empezó Emmet. –Mi mujer, mi hija…- La estaca de hueso entró por una rendija del casco, y se clavó en la cara de Emmet. “Nada les pasará si están junto a papi” Le había dicho una vez Emmet a su hija. “Pero no pensé que pasaría si algo le pasaba a papi” Fue su último pensamiento. Murió de inmediato, en cuanto le perforaron el cráneo. Kal miró al cadáver de Incus, sombrío, retiró el arma, con pesar, y miró a Ribian.

-Vámonos- Le dijo. La chica asintió. Kal saltó de inmediato hacia un tejado. Ribi le siguió.

-¡No nos delates!- Dijo con tono amigable a Kichi, mientras saltaba con fuerza, haciendo sonar el candado que llevaba colgado del cuello, en una cadena de eslabones.


Capítulo 5: Pasado oscuro, presente sangriento

Oscuridad.

Oscuridad y fuego. Las llamas crepitaban con ira alrededor de Incus Emmet, un joven teniente, recién ascendido, un carne de cañón con un escuadrón de diez soldados. Alrededor suyo cantaba el metal en dueto con los alaridos de los mortalmente heridos. Volaban las rocas, relámpagos, bolas de veneno, cuchillas de metal.

-¡Suéltenla!- Les gritó a dos de sus subordinados, que agarraban a una jovencita del pueblo para llevársela a un granero. Los hombres no le hicieron caso. La mujer chillaba clemencia, mientras los dos soldados de Leona, un gordo de unos treinta años y un chico flaco y feo de unos veinte, le rajaban la ropa a tirones. -¡Suéltenla, bastardos de mierda!- Tuvo que transformar su mano en mandoble. A su espalda, de pronto, sintió que se acercaba alguien. Volteó: se trataba de un enemigo, un soldado del ejército de Falconia; yelmo color cobre, capa café, cimitarra en su mano derecha. Lo oyó gritar ¡Level 1! Mientras en su mano izquierda generaba una punta de arena, larga y filosa. Pero no lo suficiente. El mandoble le golpeó las costillas, y el crujido le indicó que además había roto un par de vértebras también. El soldado cayó en el suelo, doblado, roto, en un charco de sangre. El casco se le cayó: no tendría más de diecisiete años.

“Niños. Estoy matando niños.” Incus miró al suelo, paralizado. Claro que eran niños, el ejército de Falconia se había dividido: el grueso de las tropas estaba abajo, enfrentando al ejército de Leona en una guerra de trincheras que parecía no querer acabar. Mientras tanto, arriba, en Alturas, estaban los soldados de élite, protegiendo al rey y a su corte. Para proteger los pueblos más pequeños solo estaban los oficiales de bajo rango y los nuevos reclutas.

“Incluso un pueblo tan importante como este”. Ostean, una villa que vivía del comercio y el turismo, la entrada a la capital, a un solo día de viaje de esta, se encontraba custodiada solo por novatos. Esa ciudad era una parada obligatoria para todos los viajeros. Bueno, ahora que la estaban quemando, quizás no más.

Arriba de los tejados ocurría otra pelea: un elemental enemigo, un desconocido con una capa verde, portando un enorme martillo de madera, luchaba contra tres de los suyos. La cosa iba reñida. Uno de sus soldados, un elemental de cristal, se lanzó hacia el chico del martillo con una larga lanza en la mano. El de la capa verde, de pronto, extendió el mango de su martillo aún más que el largo de la lanza.

“Level 3” supo de inmediato Incus.

El de cristal se cayó de los tejados por el golpe y se estrelló contra el suelo. Otro soldado de Leona atacó al falconiano de la capa verde por la espalda, este se trataba de un gigantón de barba, elemental de carne y amigo de Incus.

“Si Timbur se mete es porque la cosa se acabó” Sonrió confiado. De pronto el de la capa volteó, y su martillo había adquirido proporciones descomunales. “¿Qué?”. El mazo aplastó completamente a Timbur, desde la cabeza, asesinándole brutalmente en el acto. Crujieron sus huesos y se desperdigaron varios litros de sangre.

-¡Tim!- Gritó Emmet, alarmado, sobrecogido, y de inmediato procedió a actuar, iracundo. En su pecho se formó, primero, un peto de armadura, y a partir de esta, la boca de un cañón.

-¡Bala de Cañón, Level 2!- Una esfera metálica, del tamaño de una bala olímpica, salió disparada sin ningún estruendo que la manifestara, en dirección hacia el hombre de la capa verde. Este de pronto se dio cuenta del ataque, y engrandeció la cabeza de su arma descomunalmente, para ponerla entre él y la bala. La esfera metálica tuvo más fuerza elemental que el level 3, así que el desmesurado martillo se rompió, y el elemental de madera salió volando. “Nadie se mete con mi tropa”.
De pronto escuchó un grito desesperado: era la campesina a la que estaban abusando, una chica adolescente… y seguido a eso, escuchó el aullido de sufrimiento de uno de sus soldados.

“¿Qué?”. Uno de los dos soldados abusadores salió del granero con la lanza en la mano, mirando hacia dentro, retrocediendo con precaución.

-¡Aléjate, o te clavo esto en el pecho!- Era el flacucho con cara de rata, un chico cobarde de nombre Darcus que no sabía cómo defenderse muy bien, pero sí cómo armar problemas. De pronto un soldado enemigo, que al parecer se había estado escondiendo en el granero, pegó un poderoso y acrobático salto, y pateó la cara de Darcus, quien cayó de espaldas, con una herida profunda y una fuga de color carmesí en la sien derecha. “Siempre le dije que se pusiera el casco”. Cuando aterrizó, Incus fue a por él.

-¡Eh, tú!- Otro niño. Este tenía el pelo color arena, salvaje, largo hasta los hombros. Un grueso mechón le tapaba los ojos. Tenía los brazos y las piernas rodeadas por alguna especie de level 1 rígido, manchadas de sangre, y en la mano llevaba una cimitarra. -¡Al suelo, eres mi prisionero!

-¡Kalverius, huye!- Escuchó Incus a su espalda, de una voz que venía de un tejado. La ignoró. El niño se lanzó de frente hacia él. “Es muy valiente”. La espada de Incus se había transformado en una pinza gigante, que agarró a Kal del pecho, atrapando sus brazos dentro de la presa. Cuando el niño levantó la mirada le pudo ver a los ojos: dos ojos blancos, vacíos, muertos y viejos. No parecía un niño, parecía un cadáver sin pudrir.

-¿Qué intentas hacer?- Le frunció el ceño.

-Matarte- Le dijo el niño. –Matarte, maldito monstruo, asesino, violador.- Su tono de voz era terriblemente calmo. Sus ojos. Sus ojos blancos. Habían visto demasiado, había sentido demasiado. Había presenciado el asesinato, se había manchado las manos con sangre, había visto una violación, a sus compañeros transformados en irreconocibles montones de carne. Los ojos de Kal estaban fijos en el niño que había matado antes, al que le había quebrado parte de la columna con el espadón. “Aunque solo esté siguiendo órdenes, soy un asesino. El asesino de sus amigos.”.

-Sí. Soy un monstruo.- Aceptó, y luego preguntó, con sincera curiosidad. -¿Y qué puedes hacer al respecto tú?

-Matarte, ¡matarte!- Chilló. Incus levantó la mirada con inquietud. Debía acabar con su vida, pero no era capaz de hacerlo. No sabía bien cómo proceder. Al fondo, sus soldados, que agarraban con cuerdas a los enemigos que habían sido apresados, le observaban, a ver qué hacía. Incus miró a Kal con los ojos llenos de pesar.

-Niño, ¿eres de aquí?- Le preguntó. Kal dudó en responder, pero no le quedaba otra.

-Sí, este es mi hogar. El pueblo que estáis quemando, aquí nací.- Sus ojos reflejaban las llamas. Estaba furioso. Emmet simplemente no podía matarlo.

-¿Tienes familia aquí?- Supuso que el chico estaba pensando “¿Y qué te importa a ti?”.

-Sí- Respondió simplemente. Incus miró a sus soldados con desafío, mientras liberaba a Kal.

-Vete a casa. Suelta esas armas y huye de aquí.- Ninguno de sus soldados parecía tener los cojones para oponerse a su decisión.

-¿Qué?-

-¡Ya me oíste!- Le gritó, mientras su garra se transformaba en una espada otra vez. -¡Te estoy dejando vivir! ¡Huye antes de que me arrepienta!- Kal se quedó en su lugar, mirando al suelo.

-Volveré- Prometió. –Volveré, y te mataré. A todos ustedes.- Dahst volteó y se fue caminando de las llamas, mientras los soldados y los rehenes, quietos entre el festival de fuego y cadáveres, le observaban en silencio.

Las llamas crepitaron.

-¿Qué están esperando? ¡Abran las compuertas!- Emmet se acercó a la puerta principal, y cortó una de las dos cuerdas con su espadón, y un soldado suyo cortó la otra. El contrapeso hizo que las defensas se levantaran. Al otro lado, otra tropa del ejército aliado gritaba de júbilo.

“He hecho lo que debía”



La niñita miraba su casa a través del portón cerrado, sosteniendo en sus manos, contra su corazón, el candado que, luego de veinte minutos, había logrado abrir. Pero era demasiado tarde. Las llamas, dentro de su casa, se extendieron hacia el cielo.

-¿Mami?- Preguntó con la voz quebrada. -¿Papi?- El humo se le metía en los ojos, pero aún así no podía llorar. No podía aceptarlo.

El techo empezó a crujir peligrosamente, se remeció, y luego colapsó, en una explosión de humo, llamas, cenizas y chispas, que cayeron perezosamente en el suelo frente a la niña.

Ribi Dahst cayó de rodillas, y la cadena de eslabones, casi tan larga como ella, tintineó contra el suelo. Sus ojos finalmente se permitieron lagrimear.

-Ribi- Le dijo la familiar voz de su hermano, a su espalda, pero aún así no volteó. A Kal se le habían acabado las palabras. Se paró al lado de ella, acariciando su hombro con ternura, y aunque tenían infinitas cosas que decirse el uno al otro, se mantuvieron en silencio. Tanto su hogar como sus vidas se derrumbaron, lentamente.

Las llamas volvieron a crepitar, destructivas, caóticas, más divertidas que furiosas, burlándose de todos los presentes; mientras danzaban, doradas y escarlata, sobre las ruinas de la historia del resto, sobre sus vidas. Ribi concluyó en ese momento que los elementales de fuego debían ser las personas más malas del mundo. “Rojos, como los uniformes de Leona”.

Kalverius no podía reaccionar. Mirando a las llamas, sus ojos se volvieron cada vez más blancos, y su corazón cada vez más negro. Un corazón negro y salvaje, lleno de odio. “Venganza”. Sus dedos, tranquilizadores, se mecían en un círculo eterno en el hombro izquierdo de su hermana menor, en una danza incesante, interminable, repetitiva y coordinada. Pero no lloró.

-Hermano.- Pudo articular Ribi.

-¿Sí?- Se tardó varios segundos en responder.

-¿A dónde va la gente cuando se muere?-

Kalverius escudriñó en las llamas. Pestañeó con lentitud.

-Muy lejos nuestro, Ribi.

La casa se terminó de derrumbar. Entonces apareció Kercus.

-¡Kal!- Gritó, desesperado, mientras se quitaba la máscara color cobre. Su cabello rubio, manchado de tierra y sangre, se desparramó sobre su cara, pero todavía podían ver sus ojos. Dahst volteó, lentamente. -¿Qué están haciendo?- Preguntó a gritos sobre las llamas. -¡Hay que huir, de inmediato!- Mecía su martillo de un lado al otro, nervioso.

-Correcto- Se serenó Kal. Tocó dos veces el hombro de su hermana. –Ribi, nos vamos- Caminó. Cuando volteó, su hermana no lo seguía: estaba todavía hipnotizada por las llamas. -¡Ribi!- Gritó con ira.

-Tranquilo- Le dijo Kercus –Hablemos con ella.- Se acercó a la hermana de Kal, parándose entre ella y las llamas. Se agachó. Luego de una corta charla, tomándole de las manos, logró que la chica se moviera de allí. –Vamos- Dijo. La elemental de hueso se movió, arrastrando la cadena de eslabones que colgaba del candado que apretaba contra su pecho. Kal asintió, con gesto neutro, y les siguió.



“El pasado es un mundo oscuro y lejano” Pensó Pyrenaico mientras los dos monstruosos puños de un musculoso elemental de oro lo arrastraban metros y metros hasta darse con una pared. “Pero hasta me parece un lugar más aceptable que este”. Despertó dentro de una nube de humo que se despejaba lentamente. Cuando esta se dispersó, pudo ver a Aureo posando, mostrando sus abundantes músculos. Se había quitado la chaqueta roja de teniente y debajo llevaba una camiseta negra ajustada, sin mangas.

-La gente como tú merece un castigo ejemplar, a pesar de que hayas sido un formidable oponente!- Mostró su amplio bícep derecho, similar al de una escultura griega, mientras que a su alrededor, pequeñas partículas de oro flotaban en el aire, y luego reflejaban la luz hacia Kercus, convirtiéndose en brillitos majestuosos que decoraban la escena.

-Cállate- Se levantó con lentitud. “Este tipo está muy orgulloso de su cuerpo”. Cuando finalmente pudo empuñar el martillo, lo que recibió fue un bestial puñetazo en la boca del estómago, que lo dejó adolorido, arrodillado y sin respiración. El puño fue seguido de una veloz y potente tanda de puñetazos a la cara, a la mandíbula, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, como si fuera un saco de boxeo fijado al suelo. El último puño, un monstruoso derechazo en medio de la cara, lo mandó de vuelta a su rincón humeante. Kercus estuvo un rato quieto. –Ouch- Dijo en un susurro raspante, carente de oxígeno.

-Ríndanse y no tendrán más problemas.- Aseguró Midas, con la cabellera ondeando al viento, una mirada dorada y profunda, y un bigote perfecto, pero ridículo. Kercus le miró desde el suelo, con la máscara a medio trisar. –No- Dijo con desinterés, pero tampoco se levantó de donde estaba.

-En tal caso- Aureo cerró los ojos, apenado ante lo que iba a hacer ahora, se puso en posición y levantó el puño. Frente a este se formó una manopla dorada, con una punta filosa por nudillo.

-Meh- Aceptó Kercus, esperando a que lo remataran de una vez. Pero el puño no alcanzó a caer.

Crack. Aureo abrió los ojos, y miró a su derecha, sin siquiera moverse un centímetro de su posición. El puño de Taifon Skidbladnir, moreno y grande como un pedrusco, se había plantado con mucha fuerza en su cara. Ambos estaban quietos. La capa de Taifon había caído unos metros más atrás, en su feroz corrida de huracán, y ahora estaban al descubierto sus facciones rígidas, anguladas y salvajes, su rostro moreno y varonil, cubierto de cicatrices, y sus cejas, vello facial, y larga cabellera, todas de un blanco grisáceo, como el de un anciano prematuro. El puño se agitaba ligeramente con la presión de la fuerza que ejercía Tai sobre el rostro de Aureo, y Aureo se mecía ligeramente por la fuerza que ejercían sobre su rostro.

Parecían la versión civilizada y la versión salvaje de un mismo hombre. Los músculos de Aureo eran esculturales, perfectos, cuidados e hinchados, como los de un físico culturista. Los de Tai eran anchos y morenos bloques de carne cubiertos de cabello, nervudos y poderosos, como las piernas de un toro de rodeo.

El puño de Tai se mantuvo en la mejilla de Aureo, ambos tiritando de esfuerzo en el lugar, un choque de fuerza muscular y elemental.

De pronto, una gota de sangre salió de la mejilla de Midas, se filtró entre los dedos vibrantes de Tai, y cayó al suelo entre ambos hombres. Luego, rápidamente, empezaron a aparecer más cortes en el rostro de Aureo, más y más cortes, en forma de vórtice, y este abrió mucho los ojos para luego salir disparado, rodando como un tonel en el aire, tan largo como era, mientras era arrastrado por el poder elemental de Tai.

-¡Puño del Viento, level 1!- Bramó el coloso. Cuando Aureo aterrizó, lo hizo dando una voltereta en el suelo. Luego se levantó, y volteó, en guardia, sabiendo que Tai se acercaba con los puños en alto. Hubo un poderoso intercambio de golpes, y ambos conectaron en el puño del oponente: uno cubierto de un vórtice y el otro con un guantelete dorado. Sangraron y se separaron. Luego Tai volvió a la carga: un larguísimo derechazo, con la fuerza de un hacha golpeando el tronco de un árbol centenario. Aureo se movió hacia el lado, con las piernas cerca y los puños frente al rostro, con una pose cuidada de boxeador. Tai dio un arco muy amplio con el brazo contrario, buscando la cabeza de Midas, y este simplemente se agachó, se acercó, y pegó dos golpes cortos y veloces a la cara del elemental de aire. Luego se retiró, mientras Taifon intentaba perseguirlo con sus manazas de oso, dando amplios y feroces zarpazos cargados con huracanes en miniatura. El elemental de oro esquivaba hacia atrás, avanzaba al encontrar un punto débil, y conectaba. Tai intentaba por todos los medios tumbarlo de un solo golpe; lo perseguía con salvajismo, con furia, buscando abatirlo. Tai golpeó, Aureo bajó. Tai lo atacó de nuevo y este se escabulló por debajo de su axila derecha, volteando para conectar un puño en su espalda, pero Tai jugó más sucio y le pegó un codazo en la cara. Midas retrocedió, Skidbladnir avanzó, pegando dos amplios zarpazos. Aureo bajó hacia un lado, esquivó hacia el otro, con las manos frente a la cara, y recibió de pronto una bestial patada en las canillas. Se agachó ligeramente, por el golpe, y recibió un feroz uppercut que lo dejó inmediatamente tumbado en el suelo.

-Knock out- Murmuró Kercus, sentado a lo indio en el mismo lugar en donde lo había dejado el de oro.

Taifon Skidbladnir se acercó a Aureo, y antes de que este se levantara, le pegó un golpe en la boca del estómago, que lo dejó ahí, revolcándose, buscando aire. Luego Tai fue a buscar su hacha y su capa. Se puso la segunda y empuñó la primera con su derecha. Con su mano contraria cargó a Aureo Midas del cuello de la camiseta, y lo estampó, sentado, de espaldas, contra un muro.

-Si no te mueves no te va a doler- Aconsejó Tai. Aureo, con una mirada sombría, tosió sin decir nada, admitiendo su derrota.

-¿Hay que matarlo?- Intervino Kercus, con su tono de desinterés.

-Nervios de acero, hijo.- Taifon empuñó el hacha, levantándola sobre su cabeza. Aureo miró al suelo, pero no cerró los ojos. El hacha cayó con fuerza, atravesó el cuello perfectamente, y chocó contra la pared de atrás. La cabeza, rubia, rodó por el suelo, manchándolo. Los ojos tristes, ahora eternamente abiertos del teniente Aureo Midas, se quedaron mirando a Kercus con reproche. Este se quedó medio paralizado, con un ligero shock.

-Oye viejo- Se levantó. Su mentor limpiaba su hacha usando la chaqueta del uniforme del teniente muerto.

-¿Sí?- Le miró de reojo y volvió a lo suyo.

-¿No has pensado… si todo esto vale la pena?-

Hubo un ligero silencio, cargado de pesar.

Taifon soltó un segundo el hacha y volteó con lentitud. En su mirada había comprensión.

-A veces me pregunto si estoy haciendo lo correcto.- Miró alrededor -Luego, recuerdo todo lo que me hicieron ellos, lo que le hicieron a Julia, lo que le hicieron a ustedes. Y concluyo que sí… esta es la única manera.-

Se miraron un momento, en silencio. Kercus se levantó del suelo.

-Vamos chico, antes de que lleguen más refuerzos.- Se puso el hacha en la espalda y se ajustó la capucha de lobo. Kerc estrechó sus omóplatos y sus brazos, que crujieron. Suspiró.

-¿Y el chofer de bus? Sé que se está haciendo el muerto allá atrás, y que va a delatarnos. Además te vio la cara.- Miraron hacia el fondo: habían dejado una carnicería. Eran unos verdaderos monstruos a veces. Entremedio, el aludido se agitó con nerviosismo.

-Estoy cansado de matar gente, dejémoslo y vámonos de aquí.-

-Si Kal se entera de que dejaste testigos te va a retar.-

-Él también deja testigos a veces-

-Cuando no le parecen peligrosos-

-Ya, cállate y vámonos.- Taifon levantó una pierna y creó bajo su pie un escalón de aire. Luego levantó su otra pierna, y de la misma forma creó otro un poco más allá y un poco más alto. Empezó a caminar en el aire, dirigiéndose hacia un tejado.
Kercus miró hacia el chofer, puso el dorso de sus dedos índice y medio de la mano derecha sobre su frente, y luego levantó la mano.

-Agradece que no te despachurramos- Dijo, y el hombre se removió en el suelo con nerviosismo, ya ni siquiera intentaba fingir su muerte. Kercus creó un martillo y se paró sobre la cabeza de este, sosteniendo el mango entre sus rodillas. Luego extendió el mango, llegó hasta un tejado, siguiendo a Tai, y luego fue repitiendo el proceso en cada techo.
Se perdieron en la distancia.





Shireke01 Mensaje Jue Nov 20, 2014 3:29 am
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Por ningún motivo aparente vengo a publicar el capítulo siguiente. Pueden leer hasta el 11 en mi devian: http://shireke.deviantart.com/

Capítulo 6: ¿Terrorista?


Una chica manca, de cabello grisáceo flotando como por obra de una magia misteriosa, y una bolsa de tuercas en la mano derecha, caminaba, como un espectro, enfilando hacia su casa. Sus ojos estaban, ahora, aún más ojerosos, luego de todo lo que había presenciado, y sus miembros estaban aún más entumidos y tiritones. Sentía que se derrumbaría en cualquier momento. En su cabeza solo había una imagen grabada a fuego: eran dos ojos blancos, brillantes y bellos, y una sonrisa confiada, de quien había sido su salvador. De pronto, dos cálidas manos le agarraron de los hombros.

-¡Kichi!- Gimió Zuru Kamel, mientras la abrazaba, llevándosela hacia su pecho. Ella se quedó quieta, muda, con la vista medio nublada.

-Z..Zuru…- Volteó con lentitud.

-¿Dónde te habías metido?-

-Llévame a casa- Se rindió. Su cabeza cayó sobre el hombro de Zuru, y su brazo se cerró alrededor de su cuello, con cariño. Al chico le pareció que la dama estaba asustada y buscaba protección en él, así que sonrió y se sonrojó ligeramente. Su rostro se transformó en una mueca de extrañeza cuando la chica empezó a roncar.

-Damita…- Le dijo con una mezcla de decepción y ternura, mientras la tomaba en brazos y la llevaba a casa. Ella nunca soltó su cuello.



Dos figuras encapuchadas, una delgada y otra musculosa; se encontraron con otras dos figuras encapuchadas, una atlética y otra curvilínea, en las largas escaleras que llevaban a un pueblo en caos. Se saludaron con quedas y cortas inclinaciones de cabeza, y prosiguieron su camino en silencio, hacia el pie de las montañas. Pasaron por al lado de varios grupos de personas que iban en sentido contrario, comerciantes y viajeros, comentando entre ellos cosas sobre terroristas y sobre asesinatos, sin sospechar que pasaban por el lado de los que habían ocasionado toda esa destrucción.

-Dicen que son una guerrilla organizada, con cientos de miembros, y que tienen planeado comenzar otra guerra contra el rey de Leona.- Comentó un hombrecito bajo de bigote desordenado a otro, un flacuchento con cara de sueño que llevaba un lagarto de una cuerda.

Kercus soltó una imperceptible risita. Taifon le pegó una palmada en la nuca. Siguieron caminando como si nada.

Llegaron a la base de la escalera, pasaron por al lado de unos guardias, que subían los peldaños acompañados de unos paramédicos de la división blanca, y que les ignoraron. De pronto, escucharon unos pasitos que bajaban los escalones de dos en dos.

-¡Chicos!- Gritó Julia Burst con la mano en alto. Estaba sin la máscara, y tampoco llevaba la capa. -¡Chicos, he matado a veintitrés, en total fueron veintitrés, toma esa Taifon, superé tu marca!- Llegó muy contenta a donde estaban ellos, se paró frente a Kal, que había volteado para mirarla, y quedó media cabeza más abajo que él, a pesar de estar un escalón más arriba. Cerró los ojos de una manera tierna, sonrió de forma pícara, y se puso las manos tras la espalda. -¿Cómo estuve? ¿Al final mataron al teniente?-
Todos se quedaron paralizados mirando a Julia, que no entendía nada, y miraba alrededor con curiosidad.

-A veces me pregunto qué mierda estaba pensando cuanto te acepté en el grupo.- Dijo Kal, antes de que la tropa de soldados de más arriba se lanzara escaleras abajo, con las armas en alto, al grito de “A por ellos, que no escapen”.

-Tranquilos, chicos, yo me encargo- Volteó Burst, con los puños en alto.

-Tai- Inclinó la cabeza Kal.

-Sí.- Afirmó. Extendió su mano con la palma abierta, y de pronto los soldados se vieron detenidos en su carga por una muralla invisible.

Los Caminantes del Desierto dieron algunos pasos atrás.

-No eres divertido.- Señaló Julia, decepcionada.

-Venga, venga, venga- Los apuró Dahst, y todos se movieron velozmente a su espalda. -¡Tai, ahora!-

El elemental de aire afirmó con la cabeza, soltó la muralla de aire de más arriba, se unió al grupo grande, y extendió sus brazos cuan largos eran, hacia la derecha y hacia la izquierda. De pronto, un gran tornado se formó alrededor del grupo, levantando mucha arena. El pequeño huracán encegueció a los soldados perseguidores, y cuando este se disipó, no había nadie a quien perseguir.

-Se han ido- Señaló uno.

-Gracias, capitán obvio, haz salvado el día otra vez- Le regañó su superior.



La senyorita de vapor yacía en su cama, medio dormida, encima del cubrecama, y Zuru ya no sabía muy bien qué hacer con ella. “¿Destapo la cama y la meto dentro? ¿Espero a que llegue su padre? ¿La dejo donde está y ya?”. De pronto la chica se empezó a remover perezosamente encima de las sábanas. El de té la miró.

-Zuru…- Lo llamó, con los ojos entrecerrados. Parecía estar hablando dormida. Él se acercó de inmediato al lecho.

-¿Sí?-

Kichi, lentamente, con el dedo tembloroso, apuntó al armario. Se dio una pausa, mientras él la miraba confundido.

-¿Me pones el pijama?- Le sonrió pícaramente. El chico sonrió, mientras se le coloreaba el puente de la nariz.

-Si tu lo dices- Caminó hacia el armario. La niña rió.

-Loco- Negó con tono tierno, mientras se reía. Le tiró un cojín a la nuca. –Pervertido, fuera de mi pieza- Rió otra vez. El chico no se podía enojar con ella.

-Juegas con mis sentimientos, mala mujer.- Hizo caso, lentamente.

-Juego con tus hormonas. Bona Nit!- Dijo ella.

-Son las seis de la tarde.-

-Ay, cierra la puerta ya, tengo sueño.-

Zuru entrecerró los ojos, y la miró con una mezcla de desdén y ternura.
Cerró la puerta.

Esperó una hora en el pasillo, leyendo un libro, esperando a que llegara el señor Steaming. Esto no ocurrió en mucho rato.

La sala era un lugar ordenado donde el padre de Kichi guardaba algunas carpetas con cuentas de gastos y ganancias, ahí tenía un escritorio, una sillita, y varios montones de libros apilados, sin estanterías. El que sostenía Zuru era de cuentos.

“-¿Y cómo explicas, fiel Yótum, que la elementalidad, obscena, avariciosa y huraña, desconfiada y malvada, sea la que domine el mundo? De hielo soy, como tú, y de hielo espero mis respuestas.

El gran Yótum, alto como los montes, respondió.

-De hielo somos ambos- Crujieron sus cuerdas bucales congeladas –Y de hielo serán mis respuestas. Los elementales muerden la tierra, la levantan y la devoran, la pueblan y la intoxican, la ahogan, y la ocupan. Los demás no tienen lugar en ella. Pero como rápido llegan, algún día, rápido se irán”

Se abrió la puerta de la pieza, y salió de ahí una Kichi en un pijama de tela, con la parte superior blanca e inferior celeste. El pelo, como algodón de azúcar, desordenado, le cubría la mitad de la cara. Se desperezó. “Se ve tan linda”.

-¿Qué lees?

-Ya me olvidé- Cerró el libro para mirarla. Conocía cada detalle de su rostro.

-¿Tienes que hacer eso cada vez que aparezco frente a ti?

-¿Hacer qué?-

La chica caminó hasta una silla frente a él y se sentó. La manga izquierda del pijama, que era nuevo, le quedaba colgando, pues no había brazo que la sostuviera.

-Mirarme como el acosador peligroso que eres- Rió. Quería mucho a Zuru, a pesar de saber que él la quería incluso mucho más. Eran amigos desde niños, y se preguntaba en qué momento él se había enamorado de ella.

-Me ofendes, yo solo quiero apreciar la belleza de tus facciones y tú me insultas.

-Ya empezaste.- Suspiró y se echó hacia atrás. Él la siguió mirando, curioso.

-¿Y bien?-

-¿Y bien qué?-

El mesero frunció el ceño.

-Hubo una revuelta en la ciudad, y resulta que te voy a buscar, y te encuentro caminando como un zombi en medio de las calles, alejándote lentamente de un cadáver de un oficial y un grupo de curiosos. ¿Qué conclusiones tengo que sacar?

-¿Me estás diciendo homicida?

-¿De qué hablas? No he dicho eso.

-Entonces cuida tus palabras.- Miró hacia otro lado. El chico levantó ambas cejas.

-Andas un poquito defensiva.

-¿Qué sabes tú de mí?-

Hubo una pausa. Zuru la miró fijamente, con un gesto irónico.

-Más de lo que sabes tú misma.- Empezó a recitar, como en una lista. -Caminas como pingüinito, te levantas temprano y acuestas tarde, te gusta el té con dos cucharadas y sin leche, a veces de Ceilán, a veces de cedro, depende de si estás tranquila o nerviosa, respectivamente. Usas el gorrito del lado izquierdo, y te lo sacas muy poco. Gastas veinte minutos en la mañana en ponerte el maldito corsé, y cuando llegas a casa te lo quitas de inmediato. Cuando hay electricidad estática tu pelo parece una nube; cuando estás aburrida, armas trenecitos con piezas de metal. Luego de eso me los regalas.-

-¿Y te gustan?

-Mi habitación está llena- Señaló.

-¿Eso es un sí o un no?

-Sí, sí me gustan.

-De nada- Se rió la chica, ligeramente. El de té había logrado que su humor mejorara.

-Ahora, ¿me haces el favor de contarme qué ocurrió?- Zuru se apoyó sobre sus rodillas, y la miró a los ojos. La chica le devolvió la mirada. Los ojos de Zuru eran de un color café profundo. “Color té, para ser más exactos”, pensó la chica. Tenía facciones generosas y redondeadas, alargadas por la pubertad, aunque todavía recordaba a un niño. Tenía una pelusilla mal afeitada en su barbilla, y algunos pelitos sueltos que se negaba a cortar. Su mirada era confiable y sincera. “Puedo confiar en él”. Y le contó todo, con lujo de detalles. “Lo hubieras visto, sus ojos eran blancos, brillantes y rudos… era… no sé cómo definirlo”, repitió algunas veces. Se negó a describir a la chica que había aparecido, y le habló de cómo el elemental de hueso mató al teniente, atacando con una estaca.

-Debiste estar muy asustada.- Concluyó Zuru, nunca juzgándola por lo que decía. Entonces la chica miró hacia ningún lado, y su mirada se perdió.

-No- Se dio cuenta. –No estaba asustada.-

Zuru la miró muy extrañado.

-¿Y eso porqué?-

-Me sentía… protegida.-

-¿Por el soldado?-

-No, él me intentó matar.-

-¿Por… el elemental de hueso?- Preguntó incrédulo.

-Sí…- Confesó con lentitud.

Los ojos profundos de Kamel no podían si no mirarla.

-Es un asesino, te podría haber matado.

-No, él no lo haría.

Zuru estaba cada vez más confundido.

-¿Cómo sabes que no lo hubiera hecho?

-Mírame, aquí estoy, no lo hizo.

-Y con qué certeza…

-Ay, Zuru, no tengo un buen argumento, solo lo sé. Lo vi… en su mirada.-

El chico elevó las cejas. No preguntó nada más sobre eso.

-Eres un testigo, deberías avisar de esto a las autoridades…-

-¡No!- Gritó ella, y se levantó de la silla, incluso antes de que acabara la frase. Zuru retrocedió en su asiento, sorprendido por la repentina reacción.

-¿Qué?-

-¡Yo nunca lo delataría, y eres un cobarde por pensar eso!-

-¡Pero Kichi, es un homicida peligroso!

-¡¿Y ellos no?!- Gritó, enojada, apuntando hacia la ventana. Un cartel con el símbolo del ejército de Leona colgaba en un edificio contiguo.

-Suenas como una terrorista- Concluyó Kamel, encogiéndose de hombros.

-Zuru, entra en razón.- Lo miró a los ojos. –Ellos mataron a tus padres.- La chica había metido el dedo en la herida. El gesto de Zuru se volvió triste y ofuscado. Ella reaccionó con lentitud. –Lo siento.-

-No importa- Mintió, con las pupilas dilatadas de pronto, sin mirarla a los ojos, con la vista hacia el suelo, hacia su costado derecho. Después de un silencio incómodo, volvió a mirarla a la cara.

-Zuru, ¿no te ponen nervioso todos esos soldados en la calle, todos los días, los mismos hombres que mataron y quemaron todo hace pocos años?

-Ellos nunca le hacen nada a nadie, nos cuidan de la delincuencia y…

-Y controlan que no aprendamos a pelear, no nos dediquemos a la actividad física, y quitaron las clases de historia y combate en los colegios.

-¿Qué?

-¡Que todo esto está mal, que ellos no deberían estar aquí, imponiéndonos su rey, y que quizás luchar, como hace ese elemental de hueso, no está tan mal!-

-¡Okey!- Se desesperó Zuru. -¿Y qué vas a hacer, maldita loca, ir donde él y unirte a su banda de delincuentes?-

Kichi frunció el ceño.

-¿Y por qué no?-

Zuru abrió mucho los ojos.

-Porque estás manca y no sabes pelear.- Dijo con tono desesperado. El pequeño puño de Kichi se plantó fugazmente, con un crujido, en la mejilla de Zuru, y lo dejó sentado en el asiento violentamente. La mirada se le oscureció.

-Te puedo patear el culo el día que quiera, Zuru. Peleo mejor que tú.-

El chico, en shock, se acariciaba la mejilla.

-Estás enloqueciendo.

-Quizás.- Se alejó ella, zapateando el suelo con fuerza. Se metió en su pieza y se encerró de un portazo.

El mesero se quedó un rato ahí, sentado, asimilando qué acababa de pasar y cómo proceder.

-Kichi- Dijo con voz sorda. -¿Estamos seguros de que no andas en tu periodo?
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Finalista Mensaje Mar Abr 14, 2015 10:40 pm
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Como de costumbre, descubro esto demasiado tarde xD. Decir que me gusta tu estilo, los personajes están chulos (genial el elemento hueso) y, en general es muy entretenido. Me leeré los que me faltan cuando saque un rato.





Cada nota que rebuznas es como una patada en los huevos de mi cerebro.

Mi devi: http://aporopa.deviantart.com
Shireke01 Mensaje Sab May 09, 2015 4:39 am
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Por si alguien está interesado, los estoy subiendo en mi devianart, voy en el capítulo 13. Lo dejé más arriba pero lo vuelvo a dejar por amabilidad supongo.

http://shireke.deviantart.com/gallery/48591974/Caminantes-del-Desierto




Shireke01 Mensaje Lun Jul 20, 2015 4:16 am
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Aquí van, porque si, el 7 y el 8. La última vez que publiqué hubo una pequeña tormenta de actividad en mi Devian, así que con esperanza de que vuelva a ocurrir, publico los capítulos y doy un link (ya voy por el 14 si los prefieren leer en esa plataforma)

http://shireke.deviantart.com/gallery/48591974/Caminantes-del-Desierto

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Capítulo 7: Ciudad de Muros

Capítulo 7: Ciudad de Muros

Los gruesos y ásperos dedos del elemental giraron dos veces alrededor de la circunferencia de su lente derecho. El mecanismo hizo “tac, tac”, mientras se acomodaba algunas veces, empujándose los engranajes los unos a los otros. Las dos pantallas de vidrio, curvadas, se separaron la una de la otra, ligeramente, girando con lentitud en sentidos contrarios, y la visión del anciano se aumentó como con una lupa. Los planos, amarillentos y manchados, llenos de rallones y anotaciones, doblaron su tamaño. Aparecían numeradas todas las piezas, el número de tornillos necesario, y aparecían con asteriscos todas las partes faltantes.

Ahí estaba la prótesis para Kichi, dibujada a mano.

Los dedos callosos giraron en sentido contrario alrededor del complejo monóculo, y luego el hombre miró a su nieta.

-Está muy aparatoso, y muy pesado- Criticó. –No pesas ni cincuenta kilos, así que una de dos: hacemos tu brazo más liviano, o te hacemos comer más.-

Kichi Steaming miró al suelo, con algo de vergüenza, mientras se acariciaba su muñón izquierdo con el brazo contrario. Su abuelo, que era media cabeza más bajo que ella, se acercó, le cogió su mano con cariño, y le dijo:

-De todas formas, estoy muy orgulloso de ti.-

La mirada de la chica se iluminó, y una leve sonrisa afloró en sus labios.

Eran las seis de la tarde en la ciudad de Hroma, y la luz solar empezaba a tomar color de atardecer, mientras el astro brillante se arrastraba lentamente hacia el oeste. La herrería del señor Ambolt Steaming, apodado “el viejo”, echaba un perezoso humo por la chimenea, que se elevaba hacia lo alto hasta desaparecer en el aire. Los altísimos muros de la ciudad, armados hace años por tres conocidos y grandes elementales, de tierra, roca y metal; se presentaba como un obelisco, desafiante, grueso, oscuro, irregular y distante, cayendo por la pendiente de los cerros, acomodándose como podía a sus altos y bajos, observando a todos los habitantes desde la distancia. Las casas, diagonales, levantadas sobre troncos de árbol, se apretujaban las unas a las otras, creando estrechos, intransitables, e inseguros callejones. Pero no en la avenida principal: esta atravesaba el pueblo por la mitad, como un poderoso cuchillo divisor, alrededor de la cual las casas se arremolinaban. Esta avenida solo en un lugar se dividía en dos, y en esta transitada división, estaban los puntos más importantes del pueblo: el cuartel general, la casa del duque de Hroma, el mercado central, y los talleres más importantes de la ciudad. Uno de estos era la herrería del anciano Steaming.

El viejo Ambolt, abuelo paterno de Kichi, era un conocido elemental de fuego, que siempre estaba de un lado a otro acarreando su pesado martillo. Se trataba de un hombre bajo, ancho, nervudo y enjuto, con la cabeza a medio calvar, una barba blanca y poco cuidada, y varios largos mechones de cabello que caían, irregulares, en dirección a su nuca. A martillazos y con ingenio había logrado forjar cosas de una calidad que ningún elemental de metal sería capaz de imitar, o eso leía el anuncio en el exterior de su puerta. Aleaciones, ese era su secreto, con un martillo y una fragua, podía lograr que los minerales se mezclasen a un nivel de pureza inimitable. Su taller tenía una estructura gremial, en la cual había un número reducido de aprendices. A estos se les habían añadido dos nuevos.

Kichi llevaba meses planeando con su padre la visita a su abuelo a Hroma. Desde muy pequeña, su abuelo solía visitarla, y le enseñaba numerosos cachivaches, llenos de pequeñas piezas, como de relojería, para entretenerla. Cuando la chica tuvo edad para entender y armar, en vez de puzles, su abuelo le entregaba planos simples. La niña pasaba horas y horas, girando tuercas para un lado y para otro, atornillando y armando. Al final le mostraba a su abuelo, orgullosa, el bicho metálico articulado que acababa de crear. Le quedaran bien o mal, su abuelo la felicitaba, la invitaba a un helado, y después volvía a Hroma para no volverla a ver hasta unas tres semanas más. La chica adoraba a su abuelo. Si bien su padre siempre había querido que ella se dedicara al oficio de la administración, a la niña nunca se le dieron bien los números. Siempre andaba para todos lados, moviéndose en exceso, de forma hipercinética. Cuando su abuelo se iba, siempre le dejaba un nutrido tocho de papeles. Todos ellos eran instrucciones y planos, con los cuales la niña se entretenía. En pocos días se le acababan, y pronto empezaba a diseñar los suyos propios, con un lápiz de mina, una regla, papeles del escritorio de su padre, y su manuscrita de niña. En un comienzo eran unos verdaderos trastos deformes, incapaces de sostenerse por sí mismos. Estos le daban vergüenza, así que los desarmaba y botaba el plano, para luego empezar otra vez. Perseveraba hasta que el resultado le complacía. Cuando esto pasaba, corría a mostrárselos a su padre. A los pocos intentos entendió que a él no le importaban, así que empezó a mostrárselos primero a Zuru. El niño parecía fascinado, y hasta un poco asustado de los bichos que armaba la niñita. Esta, cuando ya no los necesitaba para nada, se los regalaba, y así fue como las estanterías de Zuru se plagaron de juguetitos de cobre y fierro.

Pero un día perdió el brazo izquierdo.

Los planos, inacabados y apilados en un rincón oscuro, juntaron telarañas y polvo, y cuando la niña los miraba, rozándolos con ligereza con su brazo derecho, su único brazo, largaba a llorar en silencio, amargamente. Un día apareció su abuelo en la puerta de su casa. Incluso antes de saludarla, la tomó de su único brazo, la arrastró con cuidado pero con decisión por el pasillo, la llevó al taller del café, y la miró. A pesar de que llevaban semanas sin verse, y muchas cosas muy importantes habían pasado, no se dijeron ni una palabra. Ambolt Steaming agarró una larga cinta de cuero, de esas que se usan para los estribos de los lagartos, y se ató el brazo izquierdo a la espalda, dejándolo inútil. Agarró un plano, con torpeza, luego un desatornillador, miró a su nieta, y le dijo:

-A trabajar.

Un gesto que Kichi jamás pudo olvidar.

La chica, con diecinueve años, era ahora toda una malabarista de las herramientas: sus dedos de dama, largos y finos, tenían una impresionante precisión de movimientos, y mucha fuerza. Podía tomar dos herramientas a la vez e irlas alternando sin botar ninguna al suelo. Podía agarrar un tornillo con dos dedos y atornillar usando la palma y el pulgar. Si bien a veces necesitaba ayuda para anudarse los vestidos, para cargar las cosas, para subir escaleras de mano o cosas similares; para actividades de motricidad fina como comer, abrir botellas, leer libros, o manejar cualquier tipo de artilugio, se podía valer de sí misma. De pequeña siempre había necesitado la ayuda de su padre o de Zuru para todo: ponerse zapatos, hacer la cama, a veces hasta para lavarse los dientes. Con el tiempo se fue volviendo más independiente, y odiaba que le ofrecieran ayuda si ella no la solicitaba. Siempre había tenido problemas para abrocharse el corsé, o la espalda del vestido, y para esto la ayudaba Zuru, pero cuando le llegó la adolescencia (a pesar de que el chico, por distintos motivos, insistió), le empezó a prohibir ayudarle. Sentía más necesidad de intimidad, y además, con la madurez, notó que Zuru ya no la veía solo como la hija de su padre adoptivo, su buena amiga elemental de vapor. Y eso la fastidiaba. Con el tiempo aprendió a aceptarlo, tanto así, que al final todo eran bromas pesadas y coqueteos burlescos, con el objetivo de frustrar a Zuru. El chico no parecía frustrado; siendo aquí, “parecía” la palabra clave.

Ahora, Zuru, desde que el señor Steaming lo había traído al negocio, parecía el sucesor ideal. El chico era muy bueno con los cálculos y las cuentas, disfrutaba del olor de las cocinas, le gustaba servir té, era muy sencillo y carismático, tenía algo de olfato para los negocios y hasta podía resultar ingenioso dado el momento. Tenía un alto sentido de la moral, un actuar sensato, y un ideal fijo. El niño no había alcanzado a conocer a su mejor amiga cuando tenía ambos brazos. Dadas las circunstancias, ambos se conocieron cuando más necesitaban un amigo. Parecían elemental y su sombra. El niño, al principio, había sido empleado más bien como ayudante oficial de Kichi: tenía que perseguirla para todos lados, jugar con ella, ver que no se hiciera daño, abrocharle los zapatos, levantarla del suelo, lavarle la cara, y cuidar de ella en general. Trabajo que no era trabajo, y el chico, que era muy atento y cariñoso, disfrutaba. Los dos niñitos habían sido inseparables, iban al colegio juntos, y eran los mejores amigos, eran como hermanos. A veces las personas les preguntaban si eran novios. Cuando eran pequeños, ambos negaban con enojo, avergonzados. Ahora más grandes, Zuru asentía, riendo, y Kichi lo negaba con un “ya te gustaría”.

Días después de lo de la pelea, cuando ya se habían arreglado, Kichi estaba preparando sus maletas. Cuando Zuru le preguntó que hacía, ella le dijo:

-¿No lo recuerdas?, me voy de módulo con el abuelo.- El módulo práctico era una actividad obligatoria en los colegios y academias, en la cual, por los primeros tres meses de vacaciones, los alumnos debían estar a cargo de un tutor que les iniciara en un arte o un oficio. Este era el tercer año consecutivo en el cual Kichi estaría de módulo con su abuelo. Y Zuru no se había acordado. Los dos años anteriores, esos habían sido tres solitarios meses de llamarla a diario por vasófono, y extrañarla en silencio. Y este año no sería así. Cuando la chica llegó en el lagarto a Hroma, y empezó a bajar su equipaje del carro de atrás, no notó un enorme cofre, largo y cuadrado, que habían subido al carro en su casa. Cuando lo revisó se encontró con un desesperado elemental de té, rodeado de ropa sudada y rogando aire. El chico la había acompañado a la ciudad de los muros. Al principio, claramente, la niña lo regañó. Lo que había hecho era una insensatez, y le gritó por un rato.

-¿Y porqué… demonios hiciste esto de todos modos?- Lo miró con gesto desafiante.

-No podía estarte extrañando por tres meses.- La chica retrocedió, soltando un bufido, mirando al cielo con desaprobación.

-Ya empezamos-

-Kichi, todos los años es lo mismo: te desapareces tres meses, yo hago módulo en el café de tu padre, me aburro monumentalmente y…-

-Ya, ya, ¿y qué va a ser de tu módulo, entonces?-

-Da igual el maldito módulo, todos los años aprendo lo mismo. Puedo hacer el informe con los conocimientos del año pasado, que ya de por sí fueron más de los que necesitaba.-

-¿Y qué hay de papá?-

-¿Tu papá? Dudo mucho que me extrañe.-

Finalmente, el viejo Ambolt se había visto obligado a aceptar a Zuru como miembro temporal del gremio, y le dio trabajos aburridos y cansadores, como pasarle el paño a las herramientas, barrer ceniza, contar billetes y hacer las camas. De todos estos, contar billetes era el que más disfrutaba, y también era el trabajo que al viejo Ambolt más desagradaba, así que le agradecía con creces que se dedicara a hacerlo. Trabajaba ahí con un pago mínimo, que al final se gastaba en cosas con bastante poca utilidad, y en comida, a pesar de que en la herrería lo alimentaban bien.

El viejo Steaming revisaba por segunda vez los planos de su nieta, viendo con felicidad lo inteligente que era la chica.

-¿Entonces aprovecha el vapor de tu imán para moverse? ¿Eso no es level 3?-

-No el vapor de mi imán, más bien, controlo el brazo usando level 2, manejándolo con mi muñón.-

-Con un mecanismo de vapor. ¿Eso no lo volverá muy ruidoso?-

-Hay que ver cómo evitar los ruidos molestos.-

-De todas formas la idea es muy buena de por sí, te vas a crear una prótesis mecanizada que puedes controlar con poder elemental. ¿Te das cuenta de lo torpe que será tu brazo?-

-Pero tendré cinco dedos nuevos. Con la práctica lograré ser como todos los otros elementales.-

-Será difícil pero yo creo que…-

La puerta se abrió. Zuru, con una bandeja, entró a la estancia, pateando un cubo lleno de herramientas, que sonó, mientras Kamel lo miraba desconcertado.

-¿Qué haces aquí?- Preguntó Ambolt con todo áspero.

-Vengo a ofrecer té.-

-¿Y no tienes algo helado, como cerveza? Creo que hay un poco en la cocina, aunque está caliente.

-Yo no quiero nada.- Negó Kichi con la cabeza, de lado a lado.

-Soy elemental de té, me ahorra un viaje a la cocina tomándose un té. Si lo quiere, puedo hacerlo helado.-

-El té es para maricas de la alta sociedad. Me serías más útil como elemental de hielo, así podrías enfriar la cerveza de la cocina. O ya que estamos, elemental de cerveza, y así te podría contratar como aprendiz, y te pagaría un sueldo bastante más cuantioso que a mis otros aprendices.-

-Lo lamento señor, pero solo sé servir té. Mis genes solo me permiten eso.-

-Puedes meterte un chorro de té por la nariz si eso te deja callado un rato.- Asintió Ambolt, quien no le tenía especial cariño a Kamel, a quien siempre vio como una amenaza contra su nietecita.

-De hecho, no puedo servir “chorros” de té. Soy elemental de la planta del té, puedo hacer infusiones de té, generar flores de té y hojas de té. Pero no chorros de té. Esos traen agua, y yo no controlo de eso.-

-Pues ni para eso sirves entonces. Vete, que si no ayudas, entonces estorbas.- Hizo un gesto con el brazo, invitándolo a salir.

-Usted también me cae bien- Se retiró Zuru con gesto irónico.

-Dos monedas menos para tu sueldo semanal.- Agitó el martillo.

-Ni que lo usara para comprar cosas importantes.- Cerró la puerta Zuru, con el pie.
Kichi y Ambolt se quedaron callados unos segundos, mirando a la puerta, y luego volvieron a los planos.

-Ahora… creo que podría ayudarte a armarlo.-

La mirada de la chica de vapor se iluminó.

-¿En serio? ¿No tienes trabajo que hacer?-

-Tengo algo de tiempo libre, y sería bueno aprovecharlo en corregir un poco tus planos. Además, a esta altura, Surref se hace cargo de todo lo que implica trabajo pesado, yo solo tengo que vigilar que cree las piezas del tamaño correcto.- Surref era uno de los aprendices del anciano Steaming. Era un chico de unos veinticinco años, elemental de metal, que era el sucesor más posible del viejo Ambolt una vez este se metiera en la caja de madera. Sabía cómo hacer negocios, cómo forjar metal, y cómo manejar los dineros. Siendo elemental de metal, era parte fundamental de la herrería.

-Tengo una fuente ilimitada de piezas metálicas gratuitas, y solo tengo que darle comida y cama.- Solía decir el anciano cuando hablaba de Surref.


-¿Y qué es lo que quieres corregir?- Preguntó la joven con sincera curiosidad.

-Hay algo que es más primordial que corregir tu plano por ahora. Vamos a hacerte un prototipo.-

La chica sonrió, radiante.



Amanecía.

Unos pasitos hicieron ecos en el estrecho pasillo de madera. El elemental de té secaba platos. Dos manos se plantaron de pronto en sus hombros, una cálida, la otra fría. Volteó con lentitud, sorprendido. Le sonreían.

-Kichi…-

-Sí- Afirmó emocionada. Después de algunos días de trabajo, finalmente habían finalizado su prototipo.

-Se ve… muy bien- Dijo con sinceridad. El brazo, un grupo de delgadas articulaciones plásticas con alargados filamentos de metal entrecruzados, se veía muy frágil y poco funcional. Pero si servía.

-Mira- Kichi agarró una taza con su brazo izquierdo falso, con torpeza. Zuru la observó enternecido. Depositó la taza con cuidado en la mesa. Luego agarró una jarra de jugo, hecha de vidrio, recién lavada. A medio camino entre el lavaplatos y la mesa, su brazo empezó a flaquear.

-¡Cuidado!- Se abalanzó Zuru sobre la chica, agarrando el jarrón por debajo. Ambos casi caen al suelo. Quedaron prácticamente abrazados. Con ayuda del chico de té, Kichi dejó la jarra sobre la mesa también.

-Lo siento, es que no puedo calcular peso, además, las cosas se me resbalan todavía y el brazo no tiene demasiada fuerza tampoco…- Evitó la mirada de Zuru y escondió su brazo tras su espalda, con lentitud.

-Ya, tranquila- Se mostró comprensivo.

Kichi todavía miraba al suelo. Levantó la mirada lentamente.

-Siempre eres tan bueno conmigo.-

Zuru arqueó las cejas. “¿a qué viene esto ahora?”

-Y a veces pienso que eso es solo porque te gusto.-

-No es así-

-Lo sé, lo sé, pero son pensamientos que se me pasan por la cabeza… no puedo evitar decirlos. La cosa…- Hizo una pausa más o menos larga. –Es que te vengo a pedir perdón.

-Te vienes a…-

-Disculpar, disculpar. Últimamente yo y el abuelo hemos sido violentos contigo… y eso no está bien. No puedo cambiar las conductas de mi abuelo, pero sí las mías, y encuentro que no he sabido reaccionar asertivamente a las cosas. Creo que he sido una malagradecida, porque tú siempre te preocupas por mí.-

-No te guardo rencor- Dijo Zuru, evitando un poco su mirada. “Pero todavía me duele”.

Se habían arreglado de la última pelea, aunque no habían hablado de eso, solo habían hecho como que no ocurrió. Se habían ignorado un tiempo y luego se habían vuelto a hablar, gradualmente, pero la chica nunca había sacado el tema. Zuru, que en el fondo era algo orgulloso, no había querido hablar del tema él. “Al fin y al cabo, ella fue la que me gritó” se había convencido. Aunque, ahora que la dama se había disculpado, no se sentía bien con sus pensamientos anteriores.

El chico de té miraba al suelo. La de vapor se acercó.

“Míralo, por favor, Kichi” Se dijo dentro de su cabeza. “Estás siendo una total mierda de persona con alguien que siempre te ha tratado bien. Siempre te apoya y escucha. Maldición, de niña te lavaba la cara.”

-¿Estás bien?- Preguntó la chica.

“No, no está bien. Si existe una sola persona más emocionalmente inestable y fácil de deprimir que tú en este país, Kichi, es este tipo”. Le zumbó su conciencia.

Zuru le miraba las botas. Levantó la mirada con lentitud. Cuando vio los ojos de la chica, se perdió en ellos. Eran de un celeste infinito. Profundos de una forma elevada. Altos como el firmamento.

Cuando los ojos del chico se clavaron en los de ella, lo que sintió fue el más profundo arrepentimiento. La mirada de Zuru era la de un cachorro al cual le has pisado la pata por casualidad. Sus ojos, de alguna forma, le parecían vidriosos. Le impactó el impulso de lanzarse contra el chico y abrazarle, diciendo “perdón” mil veces, pero eso solo podría resultar incómodo e idiota de su parte. Buscó lo más rápido posible una alternativa viable. Algo igual de tierno.

Contrariada, Kichi le tomó de la barbilla, y le acercó los labios a la mejilla con lentitud. El beso hizo un ruidito quedo. Se alejó otra vez.

-Esto es mi disculpa, y aprovecho de mejorarte el ánimo- Se explicó, ahora un poco incómoda por no haber pensado mucho lo que acababa de hacer. Sonrió por reflejo. Zuru también sonrió, pero como un bobo. La chica frunció el ceño. Aterrizó de inmediato, y se recordó a quién tenía delante.

-No te hagas ilusiones, ¿okey?- Se alejó de a poco.

-No pienso volver a lavarme la mejilla- Se rió por lo bajo.

-Eres lo peor que existe- Suspiró la de vapor, mientras se iba de la cocina.

No hubo nadie que le pudiera quitar la sonrisa a Zuru ese día.



Capítulo 8: Solo las flores fuertes sobreviven el desierto

-¡Pero usa el filo!- Gritó, tomando distancia.

-¡Pero te haré daño!- Advirtió la chica.

-¡Tarde o temprano tendrás que usarlas para matar a alguien!- Se inclinó, como siempre lo hacía cuando tomaba velocidad, y luego empezó una feroz carrera. Dos huesos alargados surgieron de las palmas de sus manos.

-¡Pero tú eres mi hermano!- Ribi se movió velozmente hacia la izquierda, esquivando el ataque. Kal cambió rápidamente de dirección, con un fugaz movimiento de pies, y lanzó un golpe hacia la sien de su hermana. Esta se agachó con demasiada violencia, así que se vio obligada a ejecutar una voltereta. Cuando estuvo otra vez equilibrada, Kal la intentó apuñalar a la altura de las costillas. Se salió de en medio con un salto hacia el frente. Cayó con los pies de costado, derrapando, y cuando se volvió a contraatacar, la punta de una de las armas de Kal la golpeó en medio de la frente. Kal no usaba filo cuando entrenaba con su hermana, así que ella simplemente cayó al suelo de espalda, levantando arena, con una marca roja en la cabeza.

-Pensé que estabas más lejos- Se excusó Ribi.

-Nunca pierdas a tu oponente de vista. Ojos al frente, guardia alta.- Kal seguía ahí parado, como esperando a que Ribi se levantara y le diera más pelea, pero ella no parecía tener ganas de seguir con eso.

-¿Podemos acabar por hoy? Estoy cansada.-

-Cuando yo esté cansado acabaremos.- La miró. Kalverius jamás se sacaba la máscara, excepto para comer, ducharse y dormir. Todo el resto del tiempo la tenía puesta. Eso le daba una apariencia fría e inhumana.

-Correcto.- Bufó, no muy alentada. Se levantó con un saltito. Puso las armas en alto: se trataba de dos cuchillas aplanadas y alargadas, de filo por ambos lados, una en cada mano. La base de estas estaba adherida a ambos costados del mango, de forma que el filo del arma nacía de los nudillos de la chica. Las hojas eran más amplias que sus manos. Para dar estocadas tenía que pegar puñetazos. Eran más como unos guanteletes con filo que como un par de cuchillos, pero su fin era el mismo, apuñalar y cortar. Kal tenía la esperanza de que si obligaba a Ribi a entrenar lo suficiente, esta lograría un level 3 con sus espadas, a las cuales ella misma había bautizado como Siniestra y Aviesa, izquierda y derecha respectivamente. Le había puesto Siniestra a la izquierda porque así se decía en español antiguo a las cosas que estaban del lado del corazón humano. Ahora, a la otra le iba a poner Diestra, pero prefirió Aviesa, un sinónimo de malintencionada, para hacer el juego de palabras. No le agradaban sus nuevas armas, pero sí tenía una extraña manía con ponerle nombres a sus cosas. Por ejemplo, su máscara, una maligna cara blanca con largas manchas negras en sus ojos, parodiando maquillaje, y una boca cocida con hilos, tenía por nombre Simpático, y a veces le hablaba a él cuando pretendía burlarse de sus amigos.

-Venga, levántate- Ordenó Kalverius con voz neutra pero autoritaria.

-Kal- Suplicó, perezosa. –En serio, no quiero entrenar más.- Luchar no le agradaba.

-Ni si quiera te has dignado a conectarme un golpe.-

-Pero es que…-

-No me quieres pegar. Lo sé. No me va a doler, vamos.- Kal seguía en guardia, sin confiarse en lo más mínimo. La chica se levantó con lentitud, suspirando.

Su hermano atacó de inmediato, otra vez, agachado, casi a ras de suelo. Levantó una cortina de polvo. Ribi se corrió hacia el costado, y respondió con una patada dirigida al pecho. Kal se defendió con el brazo, dio un veloz giro, y atacó a la sien de su hermana. Esta se agachó hacia atrás, de forma que el hueso alargado le pasó por encima de la nariz. Retrocedió unos pasos, mientras su hermano intentaba abrumarla a golpes, veloces y brutales. La chica esquivó varios y se defendió de otros tantos, siempre yendo hacia atrás, pero muchos ataques conectaron.

-¡Las navajas, las navajas!- Seguía acometiendo el mayor de los Dahst, sin darle un respiro.

La chica entreabrió los ojos, con los brazos levantados cubriendo sus sienes de los golpes. Kalverius no se limitaba porque fuera su hermana, porque fuera una mujer, o porque fuera menor que él, sólo le importaba entrenarla. “Tiene que ser fuete. Solo las flores fuertes sobreviven el desierto”. A la espalda de Kal, mirando la pelea en silencio, con la vista perdida y dolorida, estaba Kercus. “A él no le gusta que Kal me pegue”.

Pensó en el pasado. No. Esta vez Kerc no se entrometería. Ella ya no era una niña, era una mujer.

Kal hacía rondas alrededor de su hermana, cada paso que daba asestaba un fuerte golpe con las barras de hueso. Ribi se retiraba, con los brazos en alto, se agachaba, daba vueltas sobre su columna, como un trompo. Llevaba años aprendiendo el estilo de combate de su hermano. “La mejor defensa es el ataque” le había hecho creer Kal toda su infancia y adolescencia. Pero ella ahora sabía que no era así.

El mayor se limitaba a atacarla, esperando que respondiera de una vez. “Pégame, joder”.
Este era el estreno de sus navajas, aunque Kal la había pillado practicando con ellas a solas. A penas la vio, le dijo “Ribi, después de almuerzo vamos a trabajar con esas”. Y ahora estaba cumpliendo. “El único problema es que no vas a mejorar si no me pegas”.

Dahst quiso intentar algo nuevo: se acercó a su hermana, de frente, y le hizo una zancadilla, con fuerza, de espiral, buscando tirarla al suelo. Ribi conocía de sobra el cómo peleaba su hermano, así que no la sorprendió. “Pero yo sí te voy a sorprender a ti”. Ribian separó sus piernas al mismo tiempo que su hermano atacaba, con fuerza, haciendo que su extremidad y la de su hermano colisionaran. La patada, muy fuerte, le provocó más tarde un moretón a la chica. “Pero valió la pena” pensó después.

A Kal le pareció haber pateado una barra de concreto. “¿Qué?”. El dolor fue agudo, pero no lo demostró. Retrocedió un segundo, desconcertado, pero un segundo con la guardia baja era suficiente. El taco de la bota de Ribi quedó marcado en la blanca máscara de Kal. La patada, una descendente voladora, lo hizo caer de cara al suelo, y su cráneo rebotó una vez. Dio un rápido giro hacia el costado, mareado y confundido, y se levantó con un trompo de sus armas, pero Ribi no se dejó impresionar. Avanzó como un relámpago, y atacó con las cuchillas. Kal esquivó antes de entender lo que ocurría. “Está usándolas, está atacando” pensó emocionado. “Está…” Le miró a la cara. Los ojos de su hermana llameaban. “… está muy enojada”. La dama de cabello blanco se empezó a mover veloz como una estrella fugaz, y feroz como una tormenta. Las armas, dos filos lunares, atacaron con fiereza. Conectaron una y otra vez con las barras de hueso de Kal. “No es nada mala para su primera vez”. La chica atacaba y atacaba, giraba alrededor de su hermano, que hacía lo mismo con ella, pero retrocediendo. Las armas nunca golpeaban el cuerpo del chico. “Vas a necesitar más que eso”. Y entonces lo vio: su hermana atacaba con ambas armas en alto. “Muy mal, eso nunca se hace” pensó. Esquivó con facilidad, derrapando por el suelo, y luego atacó con el vuelo del derrape. El hueso conectó con fuerza monstruosa contra el omóplato de su hermana. Por un segundo, Kercus se sintió con la necesidad de intervenir, pero se detuvo a penas entendió lo que ocurría. La barra de hueso se partió en dos. “Como golpear un maldito cubo de concreto”.

“La defensa es la mejor defensa, y no hay más Kalverius” Pensó la chica, mientas se levantaba. El chico esquivó en el último momento el filo que se dirigía hacia su pecho, pero descuidó su cabeza. Una patada con gancho le hizo perder el equilibrio. Cuando lo recuperó ya había recibido dos más, una en la cara, otra en las costillas. Retrocedió. Esquivó la pierna que se dirigía hacia su sien, pero casi no pudo con el sable que le rasgó la polera a la altura del pectoral. Seguía retrocediendo. Ribian atacó con una furiosa e imparable ráfaga de patadas con giro, acompañadas de cortes de navaja adicionales, que agarraban desprevenido al rival; un estilo de combate que más tarde la chica bautizó como Pétalo de Loto. Kal, más experimentado, devolvía las ofensivas cuando podía, pero se sorprendió, pues cada golpe que enchufaba era tan efectivo como golpear una roca con un palo de escoba. De pronto, recibió un codazo tan fuerte que le partió la máscara en dos. No tuvo otra opción que retroceder, sin guardia, muy vulnerable. La chica dio un salto de costado, girando las armas verticalmente. Estas hendieron desde la clavícula hasta la costilla inferior, ataque que más tarde la chica llamó Florecimiento. Kalverius se desplomó de espalda con la polera abierta. Abajo, hendidas y rasguñadas, le protegían el pecho su segundo set de costillas de emergencia.

-Maldita- Sonrió, ahora sin máscara. –Era mi polera favorita.-

-¿Ahora ya estás feliz?- Le temblaban los labios. Todavía le ardía la mirada, aunque un poco menos que antes.

-No sabes cuánto.- Y era la primera vez que se encontraba sinceramente feliz ese mes.

Ribi se retiró sin más palabrería. Se guardó a Aviesa y a Siniestra en las vainas del cinturón, saltó la reja por al lado de Kercus, y se fue sin más.

Kal se acariciaba las muñecas.

-Solo tienes dos poleras- Le señaló Kercus, con una media sonrisa sarcástica.

-Sí, pero esta estaba más limpia.-

-Ahora solo te queda una- Se rió débilmente el de madera.

Kal saltó la reja también. Sus pies levantaron arena.

-Mi hermanita se ha convertido en una verdadera luchadora.- Miró a Kercus. –Yo que tú no la haría enojar.-

-Ni pensarlo- Levantó las cejas. Kal aún sonreía. -Andas más bromista que de costumbre. Me aventuraré a decir que andas de buen humor.-

-Yo nunca ando de buen humor- No pudo evitar que se le curvaran las comisuras de los labios. –Soy el gran Kalverius Dahst, terrorista, asesino y caminante del desierto.-

-Y una mujer le acaba de dar una paliza.-

-No te pases, me he dejado al final-

-Sí, ya, claro.-



Cuando desapareció por la esquina, cuando nadie la veía, se abrazó las costillas y el hombro con nerviosismo y los ojos vidriosos. Se mordía el labio. “Eso fue muy impropio de mi”. Casi sentía miedo de sí misma. ¿Era verdad lo que decía Kal? ¿Qué tarde o temprano tendría que matar a alguien, cara a cara, a sangre fría? Más que probablemente, sí, y le llenaba de terror el darse cuenta de que era completamente capaz. “¿En qué me estás convirtiendo, hermano?”



Kalverius se dirigió al campamento, y Kercus lo siguió. El sol del mediodía abrasaba la arena rojiza del desierto.



Era otro día ventoso en la rocosa falda del Monte Bermellón. Cinco elementales convivía lo mejor posible en un pequeño campamento, ubicado en lo alto de unas rocas, como punto de visión estratégico, y extendiéndose hacia el interior del húmedo complejo de túneles que se abrían como alargadas heridas de espada en las faldas bajas del monte. Largas tiras de cuero se extendían desde un acantilado escarpado hasta la boca de unas cuevas, en la cara del monte, proyectando amplias sombras, que mantenían más o menos templado el exterior. Las dunas de arena, empujadas por un feroz viento de navajas, que de día laceraba la piel y de noche calaba los huesos, amenazaban con ahogar a los habitantes del monte, pero las tiras de cuero les ayudaban a evitar esto. Desde lejos, las tiras cubiertas de arena pasaban desapercibidas, y nadie advertiría la presencia de un campamento ahí. Grandes tiendas de campaña, que hacían de habitaciones, comedores y cocinas, se dispersaban bajo la sombra de las lonas, unidas a estas por el techo, haciendo de soporte. Por aquí y por allá había diversos pilares de madera, y cuerdas trenzadas limitaban el espacio del campamento, amarradas a dichos pilares y a las tiendas. Pero la magia ocurría dentro de las cuevas: el interior del Monte Bermellón había resultado ser bastante más acogedor de lo que se podría pensar. Las profundas cuevas, de roca seca y arena, en un momento empezaban a abrirse: en su interior había tierra húmeda, y más importante, agua. Con esta, los Caminantes del Desierto se las habían arreglado para hacer cultivos. Más aún, después de varios años de ensayo y error, habían conseguido hacer florecer el interior de las cuevas, literal y figuradamente. Amplios jardines de pasto de un verde grisáceo cubrían el suelo, las paredes y hasta el techo. Sobre estos crecían largas malezas de hojas filosas, hongos gigantes luminiscentes, que emitían un lúgubre brillo azul, y las conocidas como Flores de la Sombra. De tallo bulboso y amplio, hojas llenas de espinas que causaban escozor, y de raíces profundas que se aferraban desesperadamente a la tierra en las que estaban, parecían simplemente otro tipo de maleza de cueva, pero estas aprovechaban las luces de los hongos a otro nivel: sacaban flores. Las Flores de la Sombra tenían largos pétalos gruesos, seis en total, que se abrían en espiral alrededor de un nutrido centro amarillo. Los pétalos eran negros, y estaban cubiertos de ligeras manchas azuladas que brillaban en la oscuridad, atrayendo a bichos de cuevas que se alimentaban de su polen. Eran las flores favoritas de Ribi, y eran del tamaño de la palma de su mano.

-Las admiro- Había dicho una vez en voz alta, frente a Kercus, en cuclillas mirando una flor que sostenía con cuidado con la punta de sus dedos, procurando no separarla de su tallo, como si su delicadeza fuera infinita. Parecía hablarle a la flor. –Tal es la necesidad de vivir de estas plantas, que hacen todo lo posible por sobrevivir, aún en esta tierra con pocos nutrientes, en este mundo sin sol.- En ese momento se levantó, y volteó hacia su novio. -Quizás deberíamos aprender de ellas, y siempre tener presente que lo primero es mantenernos con vida. Cueste lo que cueste, seas cuales sean las circunstancias.- Kercus levantó las cejas, pues le hacía gracia lo que ella decía. La chica se acercó a él, y le tomó de las manos. Le miró a los ojos, alumbrados solo levemente por la débil luz azul de los hongos de las cuevas. –Siempre te protegeré, Kercus- Le prometió.

-Eso te lo debería decir yo a ti, pero si insistes.- Las comisuras de sus labios se curvaron imperceptiblemente. Luego de eso, Ribi le había besado.

En el interior de las cuevas no solo tenían los jardines y los cultivos comestibles, sino también a los animales. Cuidaban de un ganado regularmente pequeño, que constaba de unas veinte piezas permanentemente. De los animales conseguían leche y carne ocasional, pero solo cuando estaban a punto de morir de naturalmente, o cuando enfermaban. Julia era la que se encargaba del ganado, haciendo turnos con Taifon. Ambos tenían mucho cariño por los animales, los cuidaban y alimentaban, y los sacaban al sol una vez al día, para guardarlos en la cueva por la noche. Las cachovejas eran animales robustos y resistentes, capaces de subir montañas de costado, resistir el calor, y soltar lana en invierno, así que eran especialmente útiles en el campamento. Matarlas era la parte más difícil. Normalmente lo hacía Tai, con su hacha, pues, por algún curioso motivo, a Julia se le llenaban los ojos de lágrimas cada vez que tenían que matar a uno de sus animalitos.

-Le dan más pena los animales que las personas- Señalaba Taifon cada vez, y nadie le quitaba la razón.

Entre los cinco habían hecho todo lo posible para volver le interior del monte habitable: Julia, con su poder explosivo había abierto los caminos muy estrechos, destruido los pedruscos molestos y había mordido el monte hasta la médula, para encontrar la tierra húmeda, tan preciada. Kercus había forrado todos los techos, paredes y suelos con madera, creando un cuadrado e irregular complejo de pasillos, sostenidos por pilares de hueso en algunos puntos. Amplias bóvedas coronadas con costillas habían abierto Ribi y Kal, en las cuales guardaban los alimentos, y a los animales por la noche.

Un día, agarrando las piedras a puñetazos con una antorcha en la mano, Julia había descubierto algo que les sería terriblemente útil: no tan lejos de la entrada, pero a mucha profundidad, la chica había encontrado aguas termales. Estas caían en una cascada hasta una fosa profunda, que echaba una cortina de vapor que llegaba hasta la puerta del pasillo. Y desde entonces esas eran las duchas. Kercus le había hecho unos arreglos: una escalera de caracol que llegaba hasta un suelo de madera, hinchado por la humedad, que crujía todo el tiempo. Había separado los estanques con paredes, para que se pudieran bañar varias personas sin ser molestadas. Desde entonces todo funcionaba mucho mejor.

Todo lo demás lo compraban en el pueblo más cercano, usando las máscaras. Solía ir a comprar Kal, y a veces lo acompañaba o Tai o Kercus, pero las chicas eran las dueñas de casa. Ellas organizaban todo, y se hacían cargo de todo. Los demás caminaban por el desierto hasta el pueblo, cargaban grandes carretillas llenas de provisiones, y las desempacaban. Incluso habían comprado en instalado un retrete, que por motivos obvios lo habían dejado en el exterior. El hecho de que hubiera que caminar tres minutos para ir de la bañera al excusado era algo inusual, pero se habían acostumbrado a ello. La mayor parte del dinero que poseían lo habían robado de los soldados a lo largo de los años.

Y así, habían logrado crear un campamento en el desierto.



-Muy bien capitán peligro- Kercus corrió la vela del centro de la mesa y extendió un mapa de Falconia, con varias anotaciones en él. –Ya acabamos con Emmet. Quedan tres.- Sobre Falconia Alta había un cuadrado de color rojo. Kercus agarró la pluma, la mojó en tinta y dibujó una irregular cruz sobre este, para luego tachar el nombre. “Incus Emmet, elemental de acero”. Kalverius Dahst asintió.

Los cinco Caminantes se encontraban dentro de la carpa-comedor, mirando el mapa con expresiones más bien neutras, aunque en los ojos de todos había decisión. Taifon cruzaba los brazos nervudos cerca de la entrada de la carpa, Ribian se acariciaba la barbilla, Julia jugueteaba con una de sus largas trenzas, moviéndola entre sus dedos. Kercus tenía la base de su mano derecha apoyada en la esquina oriental del mapa, sosteniendo la pluma a escasos centímetros del tintero. La mano contraria agarraba el otro extremo del continente. Sus ojos castaños estaban clavados en su líder, esperando a que este empezara a hablar. Así lo hizo.

-El siguiente es Le Faim.- Afirmó con simpleza. –De los tres, es el único con una ubicación permanente, podemos estar seguros de que sigue en casa.

-¿Y cuál es tu plan?- Tai se acercó a la mesa, interesado. Kal le miró.

-Entramos, lo encontramos, le matamos.- En la mayoría de los casos, si esto lo dijera otra persona, lo dicho parecería un chiste, pero la mirada de Dahst era tan vacía que dejaba claro que no estaba bromeando.

-¿Y planeas entrar ahí caminando?- Ribi alzó las cejas y frunció el ceño, desaprobando.

-Recuerda, Kal, que no estamos hablando de un pueblito como Falconia Alta. Esto es en Hroma. La ciudad de los altos muros.- Señaló Kercus.

-¿Me toman por tonto? Tú, Kerc, sabes mejor que nadie que esos muros no son impenetrables.

Julia miraba el mapa mientras acariciaba su larga trenza como a un osito de peluche. Su mirada esmeralda traslúcido daba impresión de total inmersión en pensamientos oscuros. La chica era joven, y por una vez aparentaba su edad.

-No me gusta esa ciudad. ¿Podríamos dejar al gordo para el final?- Alzó la mirada, suplicante. Kal le miró, frío como el viento del desierto al anochecer.

-Necesitaríamos de mucha investigación para encontrar a los otros dos, y ya hemos empezado esto con Emmet. Si fuera por mí, los cuatro, sus súbditos, su rey y todos los hijos de perra de Leona estarían ya muertos, pero bueno, no se puede tener todo lo que queremos. Considero que si Pierre le Faim no está muerto, es porque nos estamos tardando mucho. No quiero retrasar esto nada más, Julia, y además tengo un plan.

La chica bajó la mirada y se quedó en silencio, sin soltar su trenza jamás.

-Un plan, eso es lo que quería oír.- Sonrió Taifon.

-Ilumínenos, gran estratega Dahst- Sonrió Kercus con su mirada ojerosa y desanimada. Kal hace mucho que había aprendido a ignorar a su amigo.

-Hroma no es un objetivo fácil, como saben perfectamente- Comenzó –No estamos hablando de un sitio donde podamos hacer una simple distracción y escabullirnos hacia el cuartel de policía. Ya sabemos que esto no es Falconia Alta, en donde teníamos a una treintena de guardias como mucho, pero hay que recordarlo bien. Hablamos de la segunda ciudad más habitada en Falconia después de Alturas. Me atrevería a decir que nos enfrentamos a trescientos soldados de pie y unos cien policías. Y no queremos luchar contra eso. No, esta vez tenemos que escabullirnos sin llamar la atención.

-Oh no- Ribi se llevó la mano a la cara.

-Kercus, tú conoces muy bien los caminos secretos dentro de los muros para entrar a la ciudad, y sé que eso nos será muy útil. Tú serás nuestro guía en esta misión.

-Bueno, si eso quiere mi capitán, pero el problema es otro: las entradas que yo usaba están ahora cerradas, y las que no se pueden cubrir con piedra y metal, están custodiadas y llenas de rejas con candados. Y con eso yo no soy un experto.

-Lo sé, y pensé en lo que tenemos que hacer.

-Ya sé para dónde vas con todo esto- Suspiró Ribian.

-Ribi, es necesario, necesito de tu apoyo en esto.

-Pero Kal- Se quejó, alargando la “a” de Kal.

-Por favor.

La chica bajó la mirada y medio se sonrojó. Levantó la cabeza con lentitud y evitó los ojos de su hermano.

-¿De verdad tengo que hacerlo?

Todos asintieron.

-Partiremos en quince días. Preparen todo, el viaje va a ser largo.





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